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Rinconete y Cortadillo

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Rinconete y Cortadillo

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DISCURSO PRELIMINAR
Rodriguiílo español, aquel apicarado mancebo que, según la famosa estatua de Campidoglio y su explicación tradicional, había llegado á Italia á pie y descalzo y divertía la trasno- chada hambre sacándose, al sol, las espinas de la última jor- nada, era ya tan otro al mediar el siglo XVI, que, sin duda, lo desconociera el mejor fisonomista del mundo.
No sólo ha- bía logrado calzarse y vestirse galanamente y andar caballero, ahora á la brida, ahora á la jineta: haciendo de las suyas acá y allá, esto quiero, esto también, vióse dueño de una gran parte del orbe.
Vivo, ágil y muy tracista, como hijo de su tierra, sobrio, recio y de corazón esforzado, como descen- diente de aquel otro Rodrigo, el de Vivar, y teniendo sus bríos por fueros y su voluntad por premáticas, no se contentó con limpiar á España de moros: antes bien, entrándose por otras naciones de Europa y por las cálidas regiones del norte de África, luchó en todas partes y contó por sus victorias el número de sus batallas; y, buscando más espacioso campo para sus portentosas proezas, escuchó á Colón, acompañóle, aún más intrépido que él mismo, por mares nunca hasta en- 2 - 10 - tonces surcados, y efectuó el descubrimiento de las Indias: «la mayor cosa después de la criación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió» (l).
Y todavía, bien entrada la segunda mitad de la dicha centuria, como si el gigantesco árbol de nuestros laureles hu- biese reservado para los tiempos de Felipe II algunos renue- vos de las espléndidas glorias conquistadas en vida de Isabel I y de Carlos V, Rodriguillo español, ya asombro del mundo, sofocó la rebelión de los moriscos de la Alpujarra, venció al Turco en Lepanto y ganó á Portugal dos años después de muerto en Alcázarquivir el más intrépido y, á la par, el más iluso de los reyes.
No pecó, pues, de demasiadamente hiper- bólico, aunque pecara de algo tardío, el sabio humanista jere- zano Francisco Pacheco, al discurrir, muerto el grave fun- dador del Escorial, para uno de los arcos del famoso túmulo hispalense cuya grandeza espantó á Cervantes, aquella histo- ria de Hércules, en que éste, entrando por el Océano con sus dos columnas, la una al hombro y sobarcada la otra, pregun- taba: Quo limite sistamr «¿Adonde pararé?», mientras que en un recuadro veíanse las mismas columnas, ahora enhiestas, y un mundo y un refulgente sol entre ambas, con este rótulo en que se respondía á la pregunta del hijo de Júpiter: Ultra anni solisque vias: «Fuera del término del año y del curso del sol» (2).
Aquella opulencia, aquel apogeo á que había llegado Es- paña, en ninguna ciudad de toda ella se extremó ni lució tan to como en Sevilla, que, sobre ser muy prosperada por su suelo y por el de su extensísima jurisdicción, comprensiva de sesenta y dos pueblos, de todos los cuales cobraba pingües (i) López de Gomara, Primera y segunda parte de la Historia general de las Indias.,,.
(Zaragoza, Agustín Millán, 1552); dedicatoria al emperador Carlos V.
(2) Francisco Jerónimo Collado, Descripción del túmulo y relación de las exequias que hizo la ciudad de Sevilla en la mtterte dtl rey don Felipe segundo (Sevilla, Geofrin, 1869), pág, 127.
Publicación de la Sociedad de Bi- blióñlos Andaluces.
11 - rentas para sus propios (3), habíase engrandecido sobremane- ra, como emporio único del comercio de Europa con las ubé- rrimas Indias Occidentales.
Maravillas increíbles, fantásticas exageraciones de cuentos del Oriente semejan las bien com- probadas noticias de las riquezas que se traían del Nuevo Mundo.
«Cosa es de admiración y no vista en otro puerto al- guno—escribía unhistoriador local— las carretas de á cuatro bueyes que en tiempo de flota acarrean la suma riqueza de oro y plata en barras, desde Guadalquivir hasta la Real Casa de la Contratación de las Indias» (4).
«En 22 de Marzo de mil quinientos noventa y cinco años— consigna un escritor de efe- mérides— llegaron al muelle del río de Sevilla las naos de la plata de las Indias, y la comenzaron á descargar, y metieron en la Casa de la Contratación trescientas treinta y dos carre- tas de plata, oro y perlas de gran valor.
En 8 de Mayo de 1595 años sacaron de la capitana ciento tres carretadas de plata y oro, y en 23 de Mayo del dicho trujeron por tierra, de Portugal, quinientas ochenta y tres cargas de plata y oro y perlas, que sacaron de la almiranta, que dio sobre Lisboa, y por los temporales trujeron la plata por tierra, que fué muy de ver; que en seis días no cesaron de pasar cargas de la dicha almiranta por la puente de Triana, y este año hubo el mayor tesoro que jamás los nacidos han visto, en la Contratación, porque allegaron plata de tres flotas, y estuvo detenida por el rey más de cuatro meses, y no cabía en las salas, porque fuera, en el patio, hubo muchas barras y cajones» (c;).
(3) De estos pueblos, cuyos nombres puede ver el curioso en la Historia del Exento, Ayuntamiento de la ciudad de Sevilla, escrita por D.
Joaquín Guichot y Parody, t.
II, pág.
143, pertenecían seis á la campiña de Utrera, veintisiete al partido del Aljarafe, siete á la sierra de Constantina y los veinti- dós restantes á la sierra de Aroche.
(4) Alonso de Morgado, Historia de Sevilla en la qual se contienen svs antigüedades, grandezas.
(Sevilla, Andrea Pescioni y Juan de León, 1587)» pág.
166 de la reimpresión que hizo la sociedad del Archivo Hispalense (Se- villa, Ariza, 1887).
(5) Francisco Ariño, Sucesos de Sevilla de isg2 d 1604, ilustrados por D.
Antonio M.a /^<7¿// (Sevilla, Tarascó, 1873), págs.
22 y 23.
Publicación de la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.
- 12- Al olor, y, sobre todo, al sabor de estas cuantiosísimas riquezas, gran parte de las cuales quedaba en Sevilla, vivían en la magnífica ciudad del Guadalquivir, quiénes como veci- nos, gozando las franquicias y exenciones de tales, quiénes como residentes, y quiénes como meros estantes ó transeún- tes, no sólo millares y millares de personas de toda Espafla, sino también una muchedumbre crecidísima de extranjeros, en especial, de italianos, flamencos y franceses, cada cual en busca de su avío y en solicitud de su medra; cada cual discu- rriendo medios é inventando artes, artimañas ó artificios para apropiarse, industriosa y más ó menos limpiamente, alguna mielecilla de las óptimas colmenas indianas, consolándose así de no haber sido ellos ni sus naciones los que tuvieron la dicha de descubrir y conquistar el Nuevo Mundo.
Mas para todos había en aquella sazón dichosa, y así lo dio á entender Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache (6): hallábase en Sevilla f un olor de ciudad, un otro no qué, otras grandezas [que en la Corte]..., porque había grandísima suma de rique- zas, y muy en menos estimadas, pues corría la plata en el trato de la gente como el cobre por otras partes, y con poca estimación la dispensaban francamente.» «A quien Dios quiso bien, en Sevilla le dio de comer,» decíase, y €|Ancha es Se- villa!» exclamaban, modificando la antigua exhortación de los reconquistadores, cuantos dejaban sus casas por mejorarse y se iban á vivir á la sombra de la esbelta torre de la Giralda.
A tan ^Ito grado de opulencia correspondía todo lo ex- terior dela vida hispalense: levantábanse ó reconstruíanse, sin reparar en el costo, magníficos edificios civiles, como la Audiencia, la Aduana, la Albóndiga, la Casa de la Moneda y las Cárceles; donde hasta entonces una fétida laguna, hubo desde el año 1574 una hermosa y amplia alameda con fuentes copiosas: la que hoy llaman Alameda Vieja ó de Hércules; la piedad de los particulares y de las corporaciones seguía (6) Parte II, libro m, cap.
VI.
13 - coadyuvando á la edificación de iglesias y monasterios; enla- drillábanse yempedrábanse muchas calles, levantándolas de piso en donde era menester y dándoles buenas pendientes para evitar que se estancara el agua de las lluvias, y las casas se labraban con vistas á lo exterior, costumbre que había em- pezado ágeneralizarse hacia el año de 1 540 (7), y que parece que ya no tenía excepciones en 1586: «Todos los vecinos de Sevilla escribía Alonso de Morgado (8) labran ya las casas á la calle, lo cual da mucho lustre á la ciudad.
Porque en tiempos pasados todo el edificar era dentro del cuerpo de las casas, sin curar de lo exterior, según que hallaron á Sevilla en tiempo de moros.
Mas ya en este hazen entretenimiento de autoridad tanto ventanaje con rejas y gelosías de mil maneras, que salen á la calle, por las infinitas damas nobles y castas que las honran y autorizan con su graciosa presencia.» Entretanto, florecían, lo mismo que el comercio, cien linajes de industrias, tales de perfeccionadas, y tan artísticas aquellas que más bien podían relacionarse con la belleza y (7) Al principio del Diálogo de los Médicos Pero Mejia hace decir á dos de sus interlocutores: « Vamos y tomemos por essa otra calle, porque esta está muy embara9ada con la labor de este mercader.
Bien dezis, mas ¡qué buena delantera ha hecho á su casa.
Cierto en grande manera se ha esto emendado en seuilla, porque todos labran ya á la calle, y de diez años á esta parte se han hecho más ventanas y rexas á ella que en los treynta de antes....» (Coloquios o Diálogos nueuamente copuestos por el Magnifico Cauallero Pero Mexia Vezino de Seuilla en los guales se disputan y trata varias y diuersas cosas de mucha erudición y doctrina.
(Sevilla, Dominico de Robertis, 1547), f." V v.'° .— Por lo que tales interlocutores siguen hablando se viene en cono- cimiento deque no habia enmienda en lo de edificar bajo, «porque muy pocos hazen más de vn alto, y assi quedan todavía las casas humildes y de poca auto- ridad....»; mas otro dice que ha sido aviso y discreción el no edificar alto, por ser conveniente que las casas sean abiertas y no muy altas, para que en verano les entre el aire fresco, y para que siendo, como es, muy grande la humedad de Sevilla, «las calles y casas no dexen de ser visitadas del sol y se hagan sombrías.» ¡Quién dijera al autor de la famosa Silva de varia lección que habia de llegar tiempo, el de ahora, en que, para leer ó escribir enmedio del día en muchas habitaciones sevillanas, fuera menester valerse de luz artificial.
Y esto, ¡en la tierra clásica de la luz.
¡Qué honra para los arquitectos y para los propietarios edificadores de tales antros.
¡Qué bien haría la ley que los mandase demoler incontinenti, en nombre de la higiene y del sentido común.
(8) Historia de Sevilla^ antes citada, pág.
143.
- 14- eon el buen gusto, que causaban asombro al resto de ÉspaAa y admiración y envidia á las ciudades más industriales de otras naciones (9).
Y para abastecer á población tan grande, de tanto señorío y principalidad y de tantas otras gentes di- versísimas, traíase á los mercados públicos lo mejor que ha- bía dentro y fuera de la comarca, y tan abundantemente, que, al decir del vulgo, ocho ríos caudales entraban en Sevilla, conviene á saber: de agua, vino, aceite, leche, miel, azúcar, y los otros dos de oro y plata, por los millones que de las provincias del Pirú y de la Nueva España le entran todos los años» (10).
Tan privilegiada y excelente por su cielo como por su suelo aquella alegre tierra de promisión, de la cual con ver- dad se dijo que t quien no vio á Sevilla, no vio maravilla», en ella casi todo el año es abril, y tales son y eran sus alre- dedores, que se hacía aún más agradable y delicioso el pasear un rato y espaciar la vista, verbigracia, por el amplísimo prado de Tablada (i i) que contemplar cualesquiera de las innume- rables bellezas artísticas que atesoraba la ciudad, por ejemplo, las preciosas esculturas que para su casa hispalense, llamada de Pilatos, había enviado desde Roma D.
Perafán de Ribera, primer duque de Alcalá de los Gazules.
Pues ¿qué decir del pago de Gelves y San Juan de Alfarache, tel más deleitoso de aquella comarca, por la fertilidad y disposición de la tierra, y vecindad cercana que le hace el río Guadalquivir famoso, regando y calificando con sus aguas todas aquellas huertas y florestas, que con razón, si en la tierra se puede dar conocido (9) El lector curioso que desee larga noticia de esta materia puede ver U muy erudita introducción que escribió D.
José Gestoso y Pérez para su Ensayo de un Diccionario de los artífices que florecieron en Sevilla desde el si- glo XI 11 al VXIII inclusive (Sevilla, 1899-1900).
(10) Morgado, obra citada, pág.
165.
(11) Pedro Mejía hace decir á uno de los interlocutores de su Diálogo de la Tierra (apud Coloquios ó Diálogos antes citados, f." CXLI v.'<» ): tEn ver- dad, hermoso prado es este de Tablada, seBor Antonino; no si en la otra parte de la tierra, donde el otro día nos mostrastes que también auia hombres, los ay tales como él.» - 15- pafaíso, se debe á este sitio el nombre dél?...> (lá).
Qué de las barquillas que, haciendo contraste con los navios de alto bordo, vagaban, balanceándose, cubiertas de toldos de verdes ramos, bajo los cuales charloteaban alegremente mozos y mozas, ó cantaban al son de acordados instrumentos.
Y ¿qué del monasterio de cartujos de Santa María de las Cuevas, cerca del pintoresco barrio de Triana, con su espaciosa huerta, po- blada, en parte, de limoneros, cuyo azahar llenaba el ambiente de fragancia suavísima.
Y, en resolución, por no proceder en infinito, ¿qué decir que no sea pálido y mezquino junto á la realidad, del propio Guadalquivir, de suyo manso y sosegado, aunque á las veces tan turbulento é impetuoso, que, en frase del insigne Arguijo, el gran cincelador de sonetos, «Levanta igual al mar la altiva frente?» A la verdad, quien desde la esbelta torre de la Giralda mira hacia el río por el sitio del puente y de la del Oro, si ha leído alguna vez la comedia El Diablo está en Cantillana, del famo- so ecijano Luís Vélez, no puede menos de recordar aquellos versos de la jornada primera, en que, después de encarecer la nobleza y la bizarría de Sevilla, alábala por otras excelencias y dice: Tan populosa, que, haciendo Montes de soberbias casas, Impedir quiso que el Betis Tributase al mar de España; Y él, rompiendo por enmedio, Parece que agora aparta De la una parte á Sevilla, De la otra parte á Triana, Cuyos edificios bellos Se presentan la batalla, Y, á no estar en medio el rio.
Pienso que escaramuzaran.
Y dentro de la ciudad.
Pero no escriba yo lo que está escrito mejor que yo lo escribiría.
aquí, lector, cómo esbo- (12) Mateo Alemán, Guzmán de Alfar ache^ parte I, libro I, cap.
II, - 16 - un cierto amigo mío la pintura de Sevilla en el último tcr^ cío del siglo XVI (13).
Después de mencionar taquelias calles de oficiales, en donde nada faltaba de cuanto la estrecha ne- cesidad hamenester, la holgada medianía pide como útil y el derrochador lujo apetece como superfluo», dijo: tAllí, con su fuente, su convento, su Audiencia y sus covachuelas escri- baniles, la famosa plaza de San Francisco;
allí la Alcaiccría de los Paños, con sus tiendas atiborradas de ellos, y de sedas, brocados, plata, oro, perlas y piedras preciosas; cerca, la calle de Genova, poblada de calceteros, juboneros y libreros;
no lejos, la de Castro, donde relumbraban, heridos por el esplen- dente sol, las agudas lanzas, las espadas finas y mil otros utensilios de hierro y acero, cosas de que había en Sevilla no- tabilísimos artífices;
en las Gradas de la Iglesia Mayor, junto á la admirable Basílica portento de las artes, vistosas almo- nedas, boneterías y zapaterías; en la calle de Francos, «cuan- »tos regalos hay, de vidros, brinquiños, adobos de diversos «olores, mercería y todo el ornato que las mujeres inventa- ron»;
en la de la Sierpe, todo junto: carpinteros, herreros, ar- meros, doradores y gran número de molinos de yeso.
(14).
Y más allá, el suntuoso Alcázar moruno, bajo cuyas primoro- sas arcadas la imaginación columbra cien majestuosas som- bras tradicionales; y á otro lado, el laberíntico barrio de la Judería, con sus calles torcidas y estrechas, llenas de legen- darios recuerdos;
y acullá, la renombrada calle del Candilejo y el marmóreo busto del más popular monarca de Castilla, (13) Rodríguez Marín, Luis Barahona <¿í Soto^ estudio biográfico, bi- bliográfico ycritico (Madrid, 1903), págs.
104-105 (*).
(14) «Juan de Mal-lara, Recibimiento qve hizo la muy noble y muy leal Ciudad de Seuilla á la C.
R.
M.
del Rey D.
Philipe N.
S.
Con vna des- cripción dela Ciudad y su tierra (Sevilla, Alonso Escribano, 1570).
De esta obra costeó la Sociedad de Biblióñlos Andaluces una nueva edición, copia fotolitográñca de la antigua.» {*) A primera vista, el lector extrañará que en tal cual pasaje aluda i.
mi como i tercera persona, mencione como extraños mis propios libros y trate de Sevilla como si yo escribiese fuera y aun lejos de esta ciudad.
No podía hacerlo de otra suerte: la convocatoria del certa- men áque mandé y en que fué premiada esta obrita exigía el anónimo, y quise no pecar por carta de menos en lo de guardaiio.
- 17 - pregonando justicias, que no crueldades, pese á la fama del bastardo fratricida y á la servil adulación de sus historiógra- fos; lo lejos, frente al populoso barrio de Triana, la gallar- da Torre del Oro, inapreciable joya arquitectónica del arte mauritano; y el caudaloso Guadalquivir, poblado de barcos de cien naciones; y aquel renombrado Arenal, almacén abas- tadísimo de cuanto bueno Dios crió en el mundo, y por el cual, años más tarde, había de decir el Fénix de los ingenios españoles: Precíese de su edificio Zaragoza eternamente, Segovia de su gran puente, Toledo de su artificio; Barcelona del tesoro, Valencia de la hermosura, La corte de su ventura Y de sus almenas Toro; Burgos, de la antigua espada Del Cid, por tantos escrita; Córdoba, de su Mezquita, Y de su Alhambra Granada; De sus sepulcros León, Ávila del fuerte suelo, Madrid de su hermoso cielo, Salud y buena opinión; _Y de su hermoso Arenal Sólo se precie Sevilla: Que es olava maravilla Y una plaza universal.
(15).
jOh, qué ciudad aquélla.
¡Cuánta vida, qué animación, qué ir y venir de gentes, qué diversidad de ropajes, qué con- fusión delenguas, parecida á la de Babel; qué trajinar de los carros, conduciendo riquezas; qué continuo tráfago en la Casa de la Contratación de Indias;
qué puerto tan bullicioso; qué alegres y pintorescas márgenes las del Guadalquivir; qué her- mosas mujeres por las calles y en las ventanas;
qué deleitoso ambiente; qué espléndido sol; qué alegre cielo....!» El adelantamiento intelectual, si no corría parejas en Se- villa con este otro que á la ligera he bosquejado, andábale, (15) «Lope de Vega, comedia de El Arenal de Sevilla», - 18- por lo menos, muy á los alcances.
Atenas española llamaban generalmente á la gran ciudad del Guadalquivir, y á fe que era apropiado, á más de honroso, tal sobrenombre.
Abona- ban por él los copiosos y bien sazonados frutos que producían campos tan fértiles como el Colegio y Estudio de Santa Ma- ría de Jesús y el Colegio de Santo Tomás, fundados, respecti- vamente, en los primeros lustros del siglo XVI, por maese Rodrigo Fernández de Santaella (16) y fray Diego Deza, arzobispo de Sevilla (17).
La Compañía de Jesús, ya entrada la segunda mitad del dicho siglo, estableció escuela de Huma- nidades, cuyos alumnos pasaban de novecientos aun antes del año 1579, en que se trasladaron al nuevo colegio de San Her- menegildo (18).
Y para el estudio de la Gramática, llamada con razón janua omnium scientiarum, porque sin ella no ha- bía entrar en ninguna otra suerte de disciplina, y todas se fa- cilitaban con ella, preparaban á los niños, enseñándoles, entre otras cosas, á leer, escribir y contar, maestros tan diligentes y cuidadosos como el clérigo Juan Rodríguez, capellán de la Santa Iglesia (19), y Francisco Lucas, á quien, según Torio de la Riva (20), se debe mirar ccomo el reformador de la (16) Véase Hazañas y la Rúa, Maeie Rodrigo Ferndndet de Santaella, fundador de la Universidad dt Sevilla (Sevilla, 1900), curioso folleto escrito para solemnizar la inauguración de la hermosa estatua del fundador, modelada por el notable escultor hispalense D.
Joaquín Bilbao.
(17) Véase D.
Diego Ignacio de Góngora, Historia del Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla, Sevilla, Rasco, 1890.
(18) Rodríguez Marín, Discurso acerca de que Cervantes estudió en Se- villa (1564-1565), Sevilla, 1901, págs.
21-26.
(19) Por escritura de 21 de julio de 1554, Lope de DueBas, maestro de enseBar mozos á leer y escribir, se obligó á favor de Juan Rodríguez, clérigo, capellán de la Santa Iglesia de Sevilla, asimismo maestro de enseñar mozos, en la collación de la Magdalena, «de vos seruir e Residir con vos en vuestra escuela que teneys.
e a leer e escreuir e contar e corregir a los mo^os que en ella oviere e dar materias e castigar e en todo lo demás que fuere menester.
por tiempo de dos años.» Rodríguez habla de darle de comer, y seis mara- vedís cada día, y casa y cama, sano ó enfermo, y además dos ducados cada semana, pagaderos en fin de cada un mes, y al cabo de los dos aHos, «la dicha escuela e casa en que biuieremos, con todos los dichos moijos» (Archivo general de protocolos de Sevilla, oficio 21, Hernán Pérez, libro 3.° de 1554).
(20) Arte de escribir..., Madrid, Ibarra, 1798, pág.
60.
- 19 - letra bastarda española, y muy superior en ella á cuantos le siguieron, publicando sus obras en los siglos XVI y XVII.» Trasladado Lucas á la corte, en donde hizo estampar su no- table Arte de escrevir (21), quedó sucediéndole en Sevilla su colega Juan Sarabia, que no le fué en zaga en el enseñar bue- na forma de letra de aquella clase, á juzgar por una plana que poseo, escrita á 8 de marzo de 1576, «de la mano de Juan fe- lipe, discípulo del señor Juan Sarabia, maestro en la muy no- ble ymuy leal ciudad de seuilla, en cal de la Muela» (22).
Y entendiéndose, en general, cuan importante fuese encaminar y doctrinar bien á la niñez, tanto la Ciudad como los particu- lares bien inclinados se cuidaban de ello; así, al par que en cabildo de 26 de septiembre de 1594 se acordaba que don Andrés de Monsalve, alcalde mayor, averiguase «con qué arte se enseña la gramática en Seuilla y por qué no se lee la de Antonio [la de Nebrija], pues por mandado de su majestad se (21) Ya, de seguro, estaba en Madrid en 1570, pues allí fechó este año muchas de sus muestras de escritura.
En el prólogo de su Arte de escrevir (Madrid, Alonso Gómez, 1577) se refiere á un tratadillo que había hecho im- primir «los días pasados».
De su mencionado libro se hicieron otras ediciones: la de 1580, corregida y enmendada por su autor, y la de 1608, «con otros tra- tados sobre la letra grifa, romanilla, y redonda de libros de coro, también lla- mada pancilla.» (22) Hoy de O'Donnell.
La materia de esta plana está en prosa: es una múltiple repetición de las siguientes expresiones: O uista de marauillosa vir- tud.
Ouista callada mas grandemente significatiua.
bien entendió Pedro el lenguaje y las bozes de aquella uista pues las del gallo no bastaron.^ Pero, de ordinario, las materias se daban en verso.
En verso está aquella que dio su maestro á Gonzalo Fernández de Oviedo cuando aprendía á escribir {Las Quincuagenas de la Nobleza de España, pág.
90): «En esta vida burlada El buen saber es la llaue Y aquel que se salua sabe; Quel otro no sabe nada.» En verso está también una plana de otro discípulo de Sarabia: es un soneto á Jesús, compuesto con más fervor que habilidad.
Y en verso, asimismo, una de las muestras que hay en el citado libro de Lucas (f.° 29 de la edición de 1608): «Tú, que me miras ámí Tan triste mortal y feo, Mira, pecador de ti, Que qual te ves me vi; Verte has como me veo.> -20- lee y enseña la gramática por el arte de Antonio en Granada y en todas las partes del rey no» (23), un humilde librero his- palense, Baltasar de los Reyes, queriendo dar á los niños pobres, por amor de Dios, un abecé hecho de su mano, «por causa— decía que no ban a la escuela porque bale una car- tilla dies marabedís i las biudas pobres no tienen dies mará- bedís para dar á una cartilla,» suplicaba á la Ciudad que le otorgase la licencia necesaria para la impresión (24).
Pues ¿qué diré que no sea pálido reflejo de la realidad acerca del floreciente estado á que llegó en Sevilla el nobilí- simo arte de Guttenberg, en consonancia con aquel admirable adelanto en toda suerte de estudios, así literarios como cientí- ficos.
Apenas había collación en que no se escuchara el isó- crono jadear de las prensas, multiplicando afanosamente el pan para los entendimientos.
A la esquina de las Siete Revuel- tas, Andrea Pescioni y Juan de León, en compañía (25), es- tampaban en 158$ la Cronología y reportorio de la razón de los tiempos, del Ldo.
Rodrigo Zamorano; en 1586 una nueva edición de los Veinte discursos sobre el Credo, del cartujano D.
Esteban de Salazar, y en 1587 la Historia de Stiñlla de Alonso Morgado y la Hispalensium pharmacopoliorum reco- gnilio del Dr.
Simón de Tovar; y, disuelta la compañía en el dicho año de 1587, no, á lo que creo, por muerte de Pescio- ni (26), Juan de León, en la misma casa, continuó imprimiendo muchos libros, entre los cuales sólo he de citar las Constitu- ciones sinodales copiladas por el cardenal arzobispo D.
Ro- drigo deCastro (i 587 y 1 591), el Coro febeo de romances kisto- (23) Actas capitulares de Sevilla.
(24) Archivo municipal de Sevilla, sñoá6xi 3.', tomo II, n.° 25.
AU' tógrafo.
{25) Pescioni había tenido su imprenta en la calle de Crénova, en donde en 1583 estampó el Vocabulario toscano y castellano de Crístóbal de las Casas.
(26) En los Índices del Archivo de protocolos de Sevilla (aBos de 1594, 1595 y 1598, oficios 16 y 19) hallo contratando á un Andrea Pescioni que quizás sea el mismo impresor, ya alejado de los chibaletes.
21 - ríales de Juan de la Cueva (1587) y la Primera parte c¿e sus Comedias y Tragedias (1588), el Compendio del arte de nave- gar de Zamorano (i 588 y 1 591), la traducción del Directorium curatorum de Fr.
Pedro Mártir Coma (1589), la Historia Na- tural yMoral de las Indias del P.
José de Acosta (1590), la traducción que de Las Fábulas de Esopoy otroshhoel extreme- ño Joaquín Romero de Cepeda (1590), El Pastor de Iberia de Bernardo de la Vega, gentilhombre andaluz (1591), tan za- randeado porCervantes, y, en fin, la tercera edición española de la Coránica de los notables cavalleros Tablante de Ricamon- te y Jo/re (1599); junto á las casas de D.
Pedro Pineda, Alon- so de la Barrera, el sucesor de Sebastián Trujillo, imprimía la cuarta edición sevillana de La Coránica del Cid{\ 587), la V^ida y muerte de Thomás Moro, traducida por el divino Herrera (1592), y el renombrado Libro de la Gineta, compuesto por Pedro Fernández de Andrada (1599); junto á San Antón, en la calle de las Armas, Fernando Díaz estampaba en 1588 la Nobleza del Andaluzía, del benemérito Gonzalo Argote de Molina; Francisco Pérez, junto al convento de monjas de la Encarnación, imprimía, ya trabajos médicos del Dr.
Juan de Carmena sobre la fiebre punticular ó tabardillo (1590), ya el Arte separatoria de Diego de Santiago (i 590), ó ya el tratado jurídico sobre la fuerza y el miedo que invalidan el consenti- miento para contratar (1600).
Y, entretanto, Rodrigo de Ca- brera, enla casa que había sido hospital del Rosario, junto á la Magdalena, reimprimía el Reportorio de la razón de los tiempos, del sobredicho Zamorano (1594), y sacaba de molde el interesante libro sobre la ballestilla, del Dr.
Simón de To- var (1595); Fernando de Lara, en la calle de la Sierpe, estam- paba una vez más la deleitosa Tragicomedia de Calisto y Melibea; Juan Rene, instalados en el colegio de San Herme- negildo los utensilios que había transportado de Granada ó de Málaga, componía el tomo primero de los Commentario- rum in Job libri XIII (1598); y, para acabar y no hacer in- terminable esta enfadosa lista, de las prensas de Clemente 22 - Hidalgo, en la calle de la Plata, salían el Libro de la Imitación de Cristo Nuestro Señor, del P.
Francisco Arias (1599), y la Primera parte de Cien oraciones fiínebres, del franciscano Fr.
Luís de Rebolledo (1600) (27).
Pero advierto que voy deteniéndome demasiado.
Ligeroe apuntes, y no más, deben ser los que en el presente estudio pergeñe yo acerca de la admirable cultura sevillana en su mejor tiempo; pues, sobre que de ello han tratado muchos autores, en multitud de libros y harto extensamente, ni yo sabría hacerlo bien, escaso de conocimientos como estoy, ni éste es, á fe mía, el lugar más á propósito para efectuarlo, urgiendo al lector, como le urge, que yo acabe de describir el escenario hispalense y ponga en él á la donosa canalla pi- caresca, con cuya magistral pintura, por nadie superada ni aun igualada, deleitó Cervantes al mundo todo en algunas de sus Noticias ejemplares.
Atento, pues, á decir poco sobre el esta- do de florecimiento intelectual de Sevilla en las últimas déca- das del siglo bueno de los Austrias, y á que eso poco no sea de lo más sabido por las personas estudiosas, sino, en su mayor parte, de lo que hasta ahora estuvo oculto y como sepultado en las riquísimas y casi inexplotadas minas de los archivos, no tardaremos demasiado el lector y yo en llegar adonde asunto más alegre nos espera.
No de todas las disciplinas había cátedras en el estudio de Santa María de Jesús: faltaba, entre otras, una de Matemáti- cas, ciencia muy útil, y aun muy necesaria, para el buen ejer- cicio de algunas profesiones, y especialmente de la militar.
El famoso arquitecto Juan de Herrera había fundado en Madrid una academia para difundir ese linaje de conocimientos, y en ella había leído el célebre Juan Bautista Labarta {28).
Sevilla (27) Para hilvanar este párrafo me he servido preferentemente de La Imprenta en Sevilla, estudio de D.
Joaquín HazaBas y la Rúa (Sevilla, 1892), y de la Tipografía Hispalense de D.
Francisco Escudero y Perosso, obra premiada en 1864, aunque impresa treinta años después.
(28) Menéndez y Pelayo, La Ciencia Española, t.
I, págs.
106-107.
23 no tardó mucho en establecer enseñanza tan interesante: hacia el año de 1587 el veinticuatro Juan Antonio del Alcázar, por acuerdo de la Ciudad, rogó á los padres de la Compañía de Jesús «que leyesen una lición de matemáticas, y desde enton- ces las leyó un buen maestro muchos días; pero por estar á su cargo las fábricas que la Compañía hace en diferentes lu- gares— habla el dicho veinticuatro ha hecho ausencia desta ciudad, y también se ha dejado de leer por falta de general acomodado para ello» {29).
No fueron de remedio difícil estos inconvenientes.
Desde que, á los pocos años del descubrimiento del Nuevo Mundo, se fundó la Casa de la Contratación de Indias, había en ella, entre otros oficiales, dos comógrafos y un catedrático que ex- plicaba diariamente á los alumnos de pilotaje la parte de As- trología y Cosmografía tocante á la navegación.
Pensó la Ciudad en uno de aquellos cosmógrafos, en el Ldo.
Rodrigo Zamorano, hombre de grandes y sólidos conocimientos, tra- ductor de Euclides y autor de varias obras muy celebradas; pero, á solicitud del bachiller Pedro Hernández de Miranda, que apetecía tal puesto, sacóse á oposición la cátedra en 1 590 (30).
Obtúvola Zamorano y la leyó hasta el año de 1 594» aunque no, á la verdad, sin dejar algo que apetecer, por sus frecuentes y forzosas ausencias y por sus ocupaciones de cos- mógrafo (31).
La renunció, al fin (32), y en nueva y reñida (29) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 26 de febrero de 1590.
(30) Ibid., cabildo de 27 de marzo de 1590.
(31) En cabildo de 24 de septiembre del dicho año pidió licencia por un mes, para salir de Sevilla.
Aún no había regresado de Madrid en 9 de no- viembre, en el cual dia se le prorrogó la licencia por dos meses más.
Reco- mendaba su petición, por carta á la Ciudad, el Sr.
Hernando de Vega, presi- dente del Consejo de Indias.
Ya en 1594 (cabildo de 9 de febrero), Juan Sán- chez Zumeta, el poeta amigo de Fernando de Herrera, pidió «que se provea como el licenciado <;amorano lea las matemáticas con cuydado y que esta pla9a se vaque y se pongan editos para ella», mientras que Andrés Núñez Zarzuela, mayordomo de los jurados, recordando que los padres de la Compañía habían ofrecido leer aquella cátedra «y traer los mas eminentes onbres que se pudiesen hallar, porque los tienen ellos en su congregación», propuso que cesara el sala- rio de Zamorano y se aceptara el ofrecimiento de los dichos padres, ó, en otro caso, se pusiesen edictos.
(32) En cabildo de 26 de septiembre de 1594 se propuso al Ldo.
Miran- - 24 - oposición ganóla, por abril de 1595, el Ldo.
Diego Pérez de Mesa, rondeño, profesor competentísimo que había leído las Matemáticas en Alcalá, y autor de varias obras sobre esta ciencia y otras sus afines (33).
Pérez de Mesa abrió asimismo academia de disciplina militar (34); pero cuando la Ciudad es- taba más satisfecha de sus buenos servicios y había logrado que el Rey le ampliara por ocho años la facultad obtenida para costear la dicha cátedra (35), ausentóse improvisamente de Sevilla, quizá huyendo de sus acreedores (36), sin que to- da, por desistimiento de Zamorano, mientras se proveia la cátedra en propí»* dad; y en 26 de octubre siguiente se acordó poner los edicto* para de alii á fia de enero de 1595.
(33) Se proveyó la cátedra, por votos secretos, después de unos eamenidoi ejercicios, en la persona que á la Ciudad pareció más benemérita (Cabildo de 28 de abril de 1595).
De la vida del rondefio Pérez de Meu no ic sabe mucho.
Dicese que estudió en Sevilla; mas el no haber hallado en el archivo de la antigua universidad matricula ni acto suyo y el constarme por su Astro- logia judiciaria, cuyo original autógrafo poseo, que la escribió estando en Sa- lamanca, endonde fechó la dedicatoria á 14 de noviembre de 1579, me hace conjeturar que junto al Tormes, y no junto al Betis, practicara sus estudios universitarios.
Á los dos años de leer las matemáticas en U cátedra de la ciudad, pidió licencia á su cabildo «para escreuir las grandezas de seuilla, sin salario», y de conformidad se acordó que D.
Juan Maldonado, en nombre de la Ciudad, le manifestase «que le agradece el buen deseo que muestra y que diga á don juan maldonado de qué Recaudos y Rela(^iones se quiere valer para lo que quiere hacer....» (Actas capitulares, cabildo de a.
de agosto de 1597, escríbanla 2.*).— Como catedrático, le pagaba la Ciudad 100.000 maravedís de salario en cada año, y 50.000 más para que abonase la renta de la casa en que habitaba y tenia la academia, todo conforme á la facultad concedida por el rey (Archivo municipal de Sevilla, libros de propios, asientos de 30 de agosto de 1597).
(34) De ello dio cuenta á la Ciudad en cabildo de 4 de marzo de 1597, por medio de un escrito publicado por D.
Francisco Rodríguez Marín en la Noticia biográfica del sexto marques de Tarifa, que precede á la reimpresión de la Fábula ele Mirra costeada por el Sr.
Marqués de Jerez de los Caballe- ros (Sevilla, Rasco, 1903).
(35) Cabildo de 3 de marzo de 1598, escribania i.' (36) En cabildo de 26 de noviembre de 1599 se leyó una petición de D.' Angela de Luzón, mujer del Ldo.
Diego Pérez de Mesa, y Miguel de Carvajal, cesionario del mismo, para que se les pagara e I salario que á aquél se debía.
Y en el cabildo de 6 de enero de 1600, se leyó otra petición de doHa Angela sobre que «por questá en tiempo de Repetir su dote se le pague lo que al dicho su marido se le deuia de leer las matemáticas» (Actas capitulares, escríbanla i.').
Parece por esto que habían venido á concurso de acreedores los bienes de Pérez de Mesa, y que su mujer, por su dote, figuraba como acreedora del mismo.
25 davía un año más tarde se tuviese noticia de su paradero, por lo cual en 1600 se proveyó su plaza en el Ldo.
Antonio Mo- reno Vilches, varón de muchas letras, cosmógrafo y catedráti- co en la Casa de la Contratación (37).
Aunque sin auxilio directo de la Ciudad, también se cultivó en Sevilla muy esmeradamente, en los últimos lustros de la centuria décimasexta, el estudio de la Botánica.
Años antes, el médico Francisco Franco, catedrático de la universi- dad hispalense, había solicitado del cabildo, en su Libro de las enfermedades contagiosas (1569), que, á imitación del jardín botánico que Felipe 11 mandó hacer en Aranjuez á instancia del Dr.
Laguna, se preparase otro en Sevilla para tener las plantas medicinales.
No se logró por entonces este buen pro- pósito; mas «lo que Francisco Franco no había conseguido lo hizo algunos años después Simón Tovar por solo, cultivan- do en un jardín propio las plantas medicinales y muchas otras de las más notables entre las exóticas» (38) El célebre médi- co yfarmacólogo Nicolás de Monardes, muerto en 1588, había logrado reunir en su museo de Historia Natural muchas piezas botánicas interesantes, pero secas las más; Tovar consiguió tenerlas vivas, y, por tanto, reproducirlas y vulgarizar su co- nocimiento inmediato y sus aplicaciones médicas.
Desde luego tuvo el Dr.
Tovar colegas y discípulos con quienes compartir su científica recreación, y entre los prime- ros debe mencionarse en lugar preferente al sapientísimo en todas materias Benito Arias Montano, que, residiendo lo más del tiempo^ ya entrada la década última del siglo XVI, (37) En 27 de noviembre de 1600 Moreno Vilches solicitó que se le nombrara para la cátedra, en atención á haberse marchado sin licencia, habia más de un año, Pérez de Mesa, sin saberse su paradero (Archivo Municipal de Sevilla, sección 4.*, libro 10, n." 109).
Por la mencionada Noticia biográ- fica de Rodríguez Marín consta que Pérez de Mesa por los años de 1629 resi- día en Roma, de donde le hizo salir el tercer Duque de Alcalá, para que en Ñapóles fuese maestro de su hijo D.
Fernando Enríquez de Ribera, sexto marqués de Tarifa.
(38) Colmeiro (D.
Miguel), Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid (Madrid, 1875), páginas 3 y 4.
26 - en su hermosa alquería llamada Campo de Flores, cerca de la ciudad, al sitio que denominaban Charco Redondo (39), apli- cábase más y más á los estudios botánicos, en que ya él se era, veinte años había, harto perito, como quien preparaba para la imprenta su admirable libro intitulado Natura Histo- ria, que terminó á fines de 1 593, aunque no salió á luz sino postumo, en 1601 (40).
Clusio, con quien se carteaban así Tovar como el egregio filólogo, y el Ldo.
Rodrigo Zamorano, y después el Dr.
Juan de Castañeda (41), visitó alguna vez el jardín botánico hispalense, el cual, muerto su dueño á princi pios del año 1597, se mandó conservar de orden de I'c- lipe II (42).
Pero, si no á los estudios botánicos y farmacológicos, Sevilla, en beneficio de su vecindario, protegía de tal suerte á los buenos cirujanos y médicos, que saberse de alguno fa- (39) Algunas de las cartas de Añas Montano, entre las pocas que han llegado hasta nosotros, están fechadas, como una que dirigió i Closio en I59<>, ex secessu nostro Campo de Flores propé Hispalim.
(40) Antuerpia, Ex Officina Plantiniatta, apuJ loannem Moretum.
En la página 241 dejó consignado un amistoso recuerdo para los doctores Tovar y Sánchez de Oropesa.
(41) Pueden verse tales cartas en el folleto de D.
Ignacio de Asso, intitu* lado Cl.
Hispaniensium atque exterorum epístola.
(Zaragoza, 1 793)- L** catorce de Castañeda (1600- 1604) son interesantísimas, pues por ellas se viene en conocimiento de pormenores muy curiosos: «el Ldo.
Zamorano— escribe Castañeda en 20 de octubre de 1600 como examinador de maestres de la carrera de Indias, cada maestre que va tiene á dicha traerle alguna cosa naeva ó extraordinaria, y asi, tiene las paredes de los portales de su casa todas llenas de estas conchas, peces y animales muy de ver.> En la de 24 de abril de 1601: «El Ldo.
Zamorano se entretiene en sacar aceite de romero y zumo de oro- zuz».
En la última, de 1604, habla de una huerta propia, que se encontraba cubierta de agua por una avenida que había convertido en mar el campo y todo Tablada.
De este Castañeda sólo averiguó Asso que era médico del hospital de la nación flamenca.
(42) «Lei una carta que parece que el licenciado Alfaro médico de su magestad [el Dr.
Andrés Zamudio de Alfaro, protomédico general] escriue á su señoría del conde [el Conde de Puflonrostro] en que le dice como su magestad se sirue de que se conserven las yervas de la güerta del dotor tovar» (Actas capitulares de Sevilla, escñha.ma i.', cabildo de 9 de mayo de 1597).
La amistad de Tovar y Arias Montano fué muy estrecha; tanto, que aquél dio poder á éste para que por él testase, como lo efectuó á 31 de julio de 1596, y le encomendó y comunicó otras cosas «para el descargo de su conciencia y paz y quietud de su hazienda y herederos».
27 - moso en la curación de tal ó cual clase de dolencias y tomarlo á su servicio, ofreciéndole buen salario para que residiera en la población, dado que fuese forastero, era todo uno.
Así, en 1593, el alcalde mayor D.
Andrés de Monsalve, que con otros tenía de la ciudad el encargo de « procurar en algunas uni- versidades yotras partes alguno ó algunos surjanos,» mani- festaba en cabildo, obteniendo el buen acuerdo consiguiente, que había llegado á Sevilla el Ldo.
Arévalo, cirujano de grande opinión, y el cual, «haziéndole la ciudad merged de darle alguna ayuda de costa para traer su casa, holgará de traerla y quedarse aquí» (43); así el Dr.
Matías de Ayala, como algebrista y cirujano de la ciudad, percibía en I597 ciento cincuenta ducados de salario (que en 1601 se elevó á doscientos), por razón de su oficio y porque curase gratuita- mente álos pobres (44); y Marco Antonio Parga, por curar de quebraduras, cobraba en 1602 veinticuatro ducados al año (45); y Felipe de Tovar, cirujano de la orina, cien mil maravedís por asistir y curar á los no pudientes (46); y no cuánto, pero un salario pingüe, el Dr.
Bartolomé Hidalgo de Agüero, famosísimo cirujano, inventor del método de la vía seca ó particular, y por cuya muerte, acaecida en 5 de enero de 1 597, se miraban mucho en lo de reñir los bravos de Sevilla, que antes, al acometerse, solían exclamar: «¡A Dios me encomiendo y al doctor Hidalgo de Agüero!» (47), (43) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 6 de marzo de 1593.
(44) Archivo Municipal, Libros de propios; asientos, entre otros, de 12 de junio de 1597 y 26 de diciembre de iCoo, (45) Ibid., 21 de agosto de 1602.
(46) Actas capitulares, cabildos de 4 de noviembre de 1592, y 15 de marzo y 9 de junio de 1597.
Libros de propios, 25 de septiembre de 1600.
(47) Es referencia del Ldo.
Jiménez Guillen, natural de Marchena y yerno del Dr.
Hidalgo, hecha en la obra postuma de éste intitulada Tesoro de la verdadera Cirujia y via particular contra la comiin (Sevilla, 1604).
La fama de la nmnificencia de Sevilla y la general noticia de que su cabildo cui- daba de la salud de sus vecinos haciendo buen partido á médicos y cirujanos, atraía sobre la ciudad á la echacorvería de media España: en 1589, y sólo citaré algunos ejemplos, debidos en gran parte á mi amigo D.
Luís Jiménez Placer, entendido y diligente empleado en el Archivo Municipal de Sevilla, - 28 Tampoco fué Sevilla de las ciudades que más tardiamcn te se dieron cuenta de cuan útiles para el progreso de los estudios médicos son los anatómicos, cuya enseñanza práctica se había iniciado en nuestra nación, desde el siglo XIV, en el monasterio de Guadalupe; mas, de todas suertes, la primera cátedra de anatomía que se estableció en España (tercera en Europa, pues antes las hubo en Montpeller y Bolonia) fué la que en el reinado de Carlos V leyó en Valladolid el Dr.
Ro- dríguez de Guevara, á cuya petición se había fundado (48).
Concretándome á Sevilla, ya Pedro Mejía, por los años de 1546, en que escribió sus Coloquios ó Diálogos, abogaba en el de los Médicos por que se hiciese «anothomía en algunos cuerpos difuntos», para notar y considerar «la color, la ñgura, el tamaño, la borden, la dureza ó blandura» de todos los ór- ganos internos, bien que, á los pocos renglones, otro inter- locutor semuestra contrario á la práctica de la anatomía, por creerla de poco efecto, «aliende de que lo tengo— añade - por género de crueldad» (49).
Por los años de 1592 la Ciudad sacó á oposición una plaza de cirujano, y, puestos los edictos, acudió desde Málaga para optar á ella el Dr.
I'onscca de So- tomayor.
No teniendo contrincantes, pidió que se le recibiera y se le asignara salario, en vista de lo cual acordó el cabildo que el dicho doctor pidiera al asistente cun cuerpo de los ajus- ticiados parahazer la anotomía,» y, hecha, los diputados diesen parecer á la Ciudad (50).
Pero como el asistente se negara á dar el permiso que se pedía, probablemente por estimar tal maese Francisco Díaz, no el doctor alcalaíno de este nombre, sino un cirujano y maestro de curar quebrados, sacar piedras y batir caUratas, pidió salario para quedarse en la ciudad; en 1592, D.» María de Grado, rondefla, «que dicen que cura con gracia particular» (¡si que seria graciosa!), aspira á obtener la pro- tección del cabildo; en 1593, Pedro Antonio, italiano, pide licencia para curar con yerbas; en 1607, Diego Hernández Girón, cristiano nuevo, pide que se le permita curar de la ciática; en 161 2, Juan de Herbio, que se dice francés, solicita licencia para curar con la piedra filosofal.
(48) Hernández Morejón, Historia bibliográfica de la Medicina Espa- ñola (Madrid, 1843), t- I.
págs.
25 y siguientes.
(49) Obra citada, folios 20, 2 1 y 28.
(50) Actas capitulares, cabildo de 1 1 de noviembre de 1 592.
-20-- concesión de la competencia eclesiástica, y el cardenal arzo- bispo D.
Rodrigo de Castro no consintiera que en ningún hos- pital entregasen al doctor un cuerpo muerto, el pretendiente insistió en lo del salario, manifestando que estaba presto á hacer todo lo que se le pidiera y mandara para prueba de su persona (51).
A pesar de estas dificultades, y aun por virtud de ellas mismas, estaba dado un buen paso á favor de los es- tudios anatómicos, pues ya se siguió pensando en la conve- niencia de establecerlos.
Así, por agosto de 1599 D.
Juan Bermúdez, teniente de asistente, propuso á la Ciudad que se creara una cátedra de Anatomía (52), y en julio del siguiente año, en que hizo estragos la peste, se acordó que se practica- ra la notomia en los cuerpos muertos, á fin de reconocer qué medio se apUcaría para atajar el contagio (53), si bien, por el temor de mayores males, se suspendió á los pocos días la ejecución de tal acuerdo (54).
Nada diré de la protección de que gozaban en Sevilla sus pintores, sus escultores, sus arquitectos: en medio de tantas riquezas, que así por el cabildo de la Ciudad como por las religiones y cofradías y por los particulares se gastaban, con verdadero derroche, en construir edificios y decorarlos con lujo y magnificencia, en Sevilla hallaban constante ocupación, respeto social y buen medro cuantos artistas de valer acudían á ella.
Sólo en el túmulo que se hizo en la Iglesia Catedral para las honras de Felipe II tuvieron tarea como pintores Alonso Vázquez, Francisco Pacheco, Vasco Pereira y Juan de Salcedo; como escultores, el portentoso Juan Martínez Montañés y Gaspar Núñez Delgado; y como arquitectos, Juan de Oviedo, Juan Martínez, Diego López y Martín Infante (55).
(51) Archivo Municipal de Sevilla, sección 3.*, tomo li, núm.
76.
Esta petición del Dr.
Fonseca ha sido publicada por D.
Francisco Rodriguez Marín en su estudio acerca de Luis Barahona de Soto, pág.
365, nota.
(52) Actas capitulares, escribanía 2.*, cabildo de 9 de agosto de 1599- (53) Ibid., cabildo de 3 de julio de 1600, escribanía 2.^ (54) Ibid., cabildo de 7 de julio de 1600, escribanía 2.* (55) Collado, Descripción del Túmulo,.., pág.
194-195.
-50- Aun siendo tanto lo destruido de entonces acá, y tantísimo lo malbaratado por la codicia de unos, la ignorancia de otros y la criminal indolencia de todos, poblados están todavía los templos hispalenses de joyas de aquellos insignes artistas y de muchos más que florecieron al atardecer y al declinar aquel gran siglo, tales, entre los escultores, como Miguel Adán, Gaspar del Águila, Jerónimo Fernández, Crisóstomo Antúnez, Juan Bautista Vázquez y Andrés de Ocampo, y como Juan Chacón, Roelas, los Herreras, Gaspar Ragis, Ber- nabé Velázquez y Antonio Mohedano, entre los pintores, bien que algunos de estos artistas, como el lucenensc Mohedano, manejaron así los pinceles como las gubias.
En suma: nadie, por lo común, acudía á la munificencia del Cabildo, que no obtuviese su amparo, su auxilio, su ayuda de costa.
Amantes los regidores de la grandeza y el renombre de Sevilla y de su universal fama de ostentosa y espléndida, la conservaban y fomentaban con un rumbo rayano en dilapida- ción, mal que pesara á los jurados, pcrp>etuos fiscales y re- prensores delos gastos excesivos.
¿Honra á Sevilla Jeróni- mo de Carranza con sus lecciones prácticas de excelente esgrimidor y ccon lo provechoso de la doctrina que predica,» que no era otra que la expuesta más tarde en su libro De la filosofía de las armas y de su destreza (56), y quiere volver á vivir en Sanlúcar, á la sombra del Duque de Medina Sidonia.
Pues hágasele buen partido para que no se ausente (57).
¿Ofre ce á la Ciudad el Dr, Hidalgo de Agüero su Tesoro de la ver- dadera Cirujíar Pues vaya una diputación del cabildo darle las gracias deste servigio que le ha hecho, diciéndole lo mucho en que lo ha estimado y la satisfagion que ha tenido y tiene siempre de su proceder», pídase á S.
licencia para que el libro se imprima y publique, y salga Sevilla á todos los gastos (58).
¿Ofrécele Sebastián María Crespo una obra inti- (56) Sanlúcar de Barrameda, en casa del autor, 1582.
(57) Actas capitulares, cabildo de 27 de abril de 1576.
(58) Jbid., cabildo de 5 de noviembre de 1593.
La petición de Hidalgo -ti- tulada Reparaciones filosofales sobre las distilacionesr fueá nómbrense diputados que la vean y den su parecer; que, como lo merezca la tal obra, no ha de quedar su autor sin la pro- tección que impetra (59).
¿Dirige á Sevilla Pedro Fernández de Andrada su interesante Libro de la Gineta de España, re- fundición delque antes había intitulado De la naturaleza del cavallo (60), y pide que se imprima.
Pues incontinenti se acuerda que D.
Melchor Maldonado su parecer sobre la utilidad del libro «y lo que será bien que la ciudad ayude para la impresión» (61).
Por último, para ahorrar de ejemplos, ¿soli- cita Juan de la Cueva que se le costee la de su poema intitu- lado Conquista de la Bética.
Pues el cabildo, conforme con el parecer del veinticuatro D.
Juan de Arguijo, acuerda que la dicha obra se imprima á expensas de la Ciudad (62).
de Agüero está en el propio Archivo Municipal, sección 3.^, tomo 1 1, núme- ro 77: después de decir que habia treinta años que servia á Sevilla, ofrece el libro á la ciudad «con gran desseo de que aun después de mi vida le quede á V.
quien le sirua por mi, para que en ningún tiempo pueda volver á las tinieblas en que la ignorancia de la cirugía bieja tenía á esta ciudad.» La li- cencia real se obtuvo por diez años, á favor de Sevilla (Toledo, 13 de julio de 1596).
Con todo, cuando murió el autor, aún no se había impreso el libro; y, aunque el infausto acaecimiento aceleró, por lo pronto, las diligencias para efectuarlo, no salió á luz hasta el año de 1604.
Y aun los diputados de este negocio, como ya habia fallecido el célebre doctor y nada podía esperarse de él, propusieron que, habiendo de costar 1.200 ducados la impresión de mil cuerpos del libro, se ayudara á la familia sólo con 600 ducados, < y podrá poner lo que falta su muger y hijos, pues el probecho de esta impresión les a de ir á ellos».
Con este parecer se conformó el cabildo (5 de junio de 1598), y así se explica la tardanza de la publicación: la viuda, D,^ Juana de Nurueña, á quien quedaron cuatro hijos, todos menores de edad, excepto la hija mayor, D.* Ponciana, mujer del Dr.
Francisco Jiménez Guillen, no era nada rica, á juzgar por las escrituras que conozco referentes á ella y á la herencia de su marido.— Por un testamento que el Dr.
Hidalgo, estando gravemente enfer- mo, habia otorgado á 12 de septiembre de 1572 (Archivo de protocolos de Sevilla, oficio i.°, Diego de la Barrera, libro 3.° del dicho año, f.° 131), cons- ta que se llamaba su madre Marina García la Toruna y que su mujer era hija del jurado Martín de Nurueña.
(59) Actas capitulares, cabildo de 29 de agosto de 1594.
(60) Sevilla, Fernando Diaz, 1580.
(61) Actas capitulares, escribanía I.^ cabildo de 15 de septiembre de 1597- (62) Véase Rodríguez Marín, El Loaysa de *El Celoso Extremeño*, página 354, nota.
- 32 - Así florecían y brillaban esplendorosamente las ciencias, las letras y las artes en la metrópoli andaluza, en donde, á mayor abundamiento, las protegían, con hechos, y no con palabras hueras, proceres tan cultos como poderosos.
Ciudad muy opulenta y no menos generosa, madre amante para sus hijos, y aun para los ajenos que se le ahijaban, Sevilla tenía siempre las pródigas manos prestas á derramar liberalmente sus tesoros, y así vivía rica y pobre á un tiempo, pues su di- nero pasaba por las arcas capitulares como las aguas por el cauce de un río caudal: sin detenerse.
Y aun pedazos de su propio suelo dio más de una vez, por amor de Dios: alguna de ellas, á un mendicante opulentísimo; á quien debajo del sayal tosco de fraile franciscano descalzo tenía el sabrosísimo ál del elegante escribir y del profundo saber, especialmente como psicólogo y moralista.
Aludo á Fr.
Juan de los Angeles, á quien el venerado maestro Menéndez y Pelayo diputa por cuno de los más suaves y regalados prosistas castellanos; cuya oración es río de leche y mielt (63).
Por pocos se sabía hasta ahora que este admirable escritor místico hubiese per- manecido algún tiempo en Sevilla, y nada, sin embargo, es más cierto.
En Sevilla estuvo, á lo menos, una buena parte de los años 1589, 90 y 91 (64); él, en concepto de comisario del ministro provincial de la de San José, vio los sitios en que pudiese edificarse el convento de San Diego, y prefirió á (63) Historia de las ideas estéticas en España, t.
II, págs.
138-143.
(64) En «Sant Diego de Sevilla, 20 de lullio 1589,» firmó la dedicalori* de sus Trivmphos del amor de Dios (Medina del Campo, Francisco del Canto, M.D.XC, pero en el colofón, 1589).
El lugar y la fecha de esta dedicatoria no pugnan sino aparentemente con lo que diré en la nota que sigue: los religiosos descalzos de San Francisco, de la provincia de San Joseph, babian asentado en Sevilla por los años de 1583, si bien pasaron los primeros een una heredad de Baltasar Brun, al pago de Cantalobos, y después en un hospital intitulado de San Gil, junto á la puerta de la Macarena» (Ortiz de ZúBiga, Anales de Sevilla, tomo IV, pág 1 1 i).
A este Baltasar Brun de Silveyra, hombre rico y piadoso, debió muchas mercedes el Dr.
Benito Arias Montano, quien, en justo recono- cimiento por ellas, año y medio antes de su muerte, á 7 de diciembre de 1596, le otorgó escritura de donación de muchos de los «ornamentos y retablos y cosas e adere90s» que tenia en el oratorio de su heredamiento de Campo de Flores (al sitio en que hoy se halla establecido el naanicomio de Miraflores, - 33 - todos una haza de la Ciudad, «que está decía en su petición á la puerta de Jerez, hacia San Telmo», de la cual pidió tres ó cuatro aranzadas, que Sevilla donó muy gustosamente, ofre- ciendo ypagando asimismo tres mil ducados para ayudar á la edificación del dicho monasterio (65).
Probable, pues, pa- rece que en la ciudad del Guadalquivir, escuchando tal cual vez el concertado son de las campanas de su Basílica, aspi- rando elazahar de los naranjos y limoneros que dentro y fuera de la población embalsamaban el ambiente, y bajo aquel cielo purísimo, que, siendo no más ni menos azul que en todas partes, por dichosa excepción sobrepuja en alegre y risueña luz al de cualquiera otra comarca, escribiera Fr.
Juan de los Angeles, con aquella «maravillosa dulzura tan angélica como su nombre», muchas páginas de sus Diálogos de la Con- quista del espiritual y secreto reyno de Dios, hermosísima obra publicada en 1595 {^6).
fundado por la Diputación provincial).
He aquí algunas de las cosas que donó el sabio hebraísta: «Una ymagen de la mad'elena, grande, dorada y estofada, rrica pie^a.
Una ymagen de santa m." la mayor, pintada al olio.
Un cristo de madera con cruz negra en questá puesto, de buen artifiíio.
Una fuente de estaño, ricamente vaziada, de figuras.
Un misal de ynpresion de plantiao.
Un breviario rrico de ynpresion de plantino.
» (65) De la petición, que se conserva original en el Archivo Municipal de Sevilla, legajos de autógrafos, se dio cuenta en el cabildo de 23 de septiembre de 1589, nombrándose, en e.
del 25, diputados que la viesen y viesen además el sitio indicado por Fr.
Juan de los Angeles.
En 13 de octubre siguiente se accedió á lo pedido.
El acuerdo referente á los 3.000 ducados, pagaderos en tres años, se tomó en cabildo de 19 de febrero de 1590.
Tanto durante la edi- ficación como después hubo larga historia, y mucho pleito, por haberse separa- do de la provincia de San José de los Descalzos de San Francisco otra llama- da de San Gabriel, adjudicándose el convento de San Diego á esta última, á lo cual, como patrón, se opuso el cabildo de la Ciudad.
Con tal motivo, en el acta del cabildo de 19 de marzo de 1591, se hace nueva mención de Fr.
Juan de los Ángeles, como aún residente en Sevilla.
Claro es que no debe confundirse á este Fr.
Juan de los Angeles con otro del mismo nombre, dominico, lector de prima del convento de San Pablo de Sevilla, y uno de los aprobantes (15 de octubre de 1606) del libro sobre la Vida y muerte de Fr.
Pablo de Santa María (Sevilla, Francisco Pérez, 1607).
(66) Madrid, Viuda de P.
Madrigal.— En el diálogo VII, § XIV, dice al autor su discípulo: «Predicando un día á una missa nueva en Sevilla, dixiste sobre aquellas palabras de Cristo....» -54- Ni aun esta honra faltó en aquel tiempo á la insigne Se- villa, según Mateo Alemán, t patria común, dehesa franca, ñudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la tiene» [óy); y, según el discretísimo representante Rojas Vi- Uandrando (68), asiento y resumen de das riquezas de Tiro, la fertilidad de Arabia, las alabanzas de Grecia, las minas de Europa, los triunfos de Tebas, la abundancia de Kgipto, la opulencia de Escancia y las riquezas de la China.
V, en efecto, añadió andalucísimamente— si los siete milagros del mundo se encierran en España, el mundo todo se encierra dentro de Sevilla.» (67) Guzmdn de Al/arache, parte I, libro I, cap.
II.
(68) El Viaje entretenido, libro I.
II Para que el mundo entero se encerrase y como compen- diase en Sevilla, necesario era que en esta hermosa ciudad, asiento de tantas excelencias y exquisiteces, hubiesen hallado á la par campo abierto y franco todos los vicios, las concu- piscencias todas.
Y, en efecto, eso había sucedido; porque, como escribió el doctísimo jesuíta Juan de Mariana, «entre los grandes y muchos bienes que la paz continuada por muchos años acarrea á las provincias y reinos.
nascen y se mezclan algunos males, como la neguilla y malas yerbas en los sem- brados abundosos y frescos* (i).
Basta la neguilla del ocio, que es tan legítimo hijo de la riqueza como el orgullo, para dar al través, en sólo medio siglo, con la sociedad más bien constituida y más dichosa; porque el ocio buscará solaz y es- parcimiento enla agradable compañía de todos los vicios; y éstos, y especialmente la dorada y destructora polilla del lujo, debajo de sus mil formas, consumirán tanto caudal, que, ó so- brevendrá pronto la ruina, ó el ir reponiendo lo derretido y aniquilado quedará á cargo de la desordenada codicia de lo ajeno.
Y, hecho común el mal, «tenga, tenga, y venga de don- de venga» será el lema y el afán de casi todos, y quedará de (i) Tratado contra los juegos públicos, cap.
XII.
-36- cristianismo una cascara y vana apariencia, y se verá menos> preciada la virtud, si fuere pobre, como lo es de ordinario, y se ostentará soberbio y entronizado el vicio, porque toda vi- leza yaun todo crimen habrán de parecer no sólo dignos de perdón, como los yerros por amare, sino hasta merecedores de enhorabuenas y aplausos, con tal que por ellos se haya conseguido la opulencia.
La prosperidad material que en la segunda mitad del siglo XVI gozaban la corte y algunas ciudades españolas (pues el resto de la nación vivía en la estrechez, cuando no en la mi seria) fueron causa de una grandísima relajación de las cos- tumbres públicas y privadas.
En esto, como en otras cosas, Sevilla se adelantó á muchas poblaciones, porque siendo ya muy rica antes del descubrimiento del Nuevo Mundo, fuélo inmensamente más luego que comenzó á inundarla, p>or su ancho y famoso río, aquel otro caudaloso río de plata, oro y perlas de que venían henchidos los galeones de las flotas de Indias.
Vea el lector por qué, apenas mediada aquella centu- ria, elhispalense Gutierre de Cetina pintaba á su ciudad natal, con colores vivísimos, como centro de corrupción y fraude.
Escribía á su amigo Baltasar de León (2): Ya que la pluma vuestra me convida A que de la ciudad la vida os cuente (Si se puede llamar con razón vida), Iré en suma tocando solamente Lo general que en público se muestra, Pues lo demás decir no se consiente.
Aqui, señor, el ciego al que ve adiestra; Mandan los que aun no son para mandados, Todo por ceguedad, por culpa nuestra.
Los que gobiernan son los gobernados, Y si no de soborno de interese, De amigos, de parientes, de privados.
Si, como en Roma, aquí lícito fuese Pasquín, tal vive mal que viviría Mejor cuando su historia en plaza viese.
(2) HazaBasy la Rúa, C>¿rrtíífdG'M//>rrí ífí C<r//Vfa (Sevilla.
1 8qc) t IL págs.
127-131.
' '"' ^ - 37 - Aquí la emulación, la tiranía, La envidia y la pasión hace y deshace Cuanto ordena la falsa hipocresía.
Aquí el público bien se satisface Sólo con platicar y proponerse; Mas el particular es el que aplace.
Aquí la adulación suele meterse (3) En el Sancta sanctorum y la triste Verdad menospreciarse y esconderse.
Aquí no calza nadie como viste: No conforman los dichos con los hechos; La disimulación es la que asiste.
¿Qué diré, pues, señor, de los cohechos, Los robos y maldades de escribanos, Sns hurtos, sus diabólicos provechos.
Como del cuerpo nacen los gusanos Que el mismo cuerpo triste van comiendo Se comen á Sevilla sevillanos.
Aquí se gana crédito mintiendo; Gánase la amistad lisonjeando, Y viénese á perder verdad diciendo.
Aquí se hacen ricos trampeando De un cambio en otro cambio, y, sin dinero, Grandes riquezas van acumulando.
Andan, señor, aquí los extranjeros Hechos de nuestra sangre sanguijuelas, Mudando en cambio el nombre de logreros.
Aquí (digo verdad, no son novelas) Veréis por caballeros confirmados Hombres que vimos ser mozos de espuelas.
Aquí los ricos son los estimados; Los nobles, los que son más poderosos; Los pobres, los pecheros maltratados.
Sabios Uámanse aquí los cautelosos; La fraude se bautiza por prudencia; Los que traidores son llaman mañosos.
Aquí un letrado hace sin licencia Diez interpretaciones diferentes De una sola lección: ¡ved qué conciencia.
Aquí la behetría, ni d parientes, Ni á consanguinidad ni á deudo mira: Venus todos los llena indiferentes.
Ya siento que me encendiendo en ira: Mejor será callar, puesto que el caso Á escribir más satírico me tira.
(3) Las palabras que debía haber en lugar de las subrayadas faltaban, por el mal estado de conservación, del códice en que se halla esta epístola; y, según nota del señor Hazañas, probó á suplirlas su amigo D.
Francisco Rodríguez Marín.
- 38 - Es de conjeturar que casi todos los males que con severa pluma enumeraba Cetina hubiesen tenido en el lujo su prin- cipal origen.
Ya eran pasados para España, y en especial para Sevilla, aquellos tiempos en que el rey Enrique IV, al invitar al Conde de Niebla para unas fiestas que se habían de hacer en la corte, le encargaba cque llevase su jubón de puntas y collar», notable gala entonces, aunque tales collar y puntas no eran sino «unas muestras angostas de terciopelo ó brocado en el cuello y bocamangas de un jubón, y lo demás era de lienzo ó de mitán » (4); y ya, á vivir todavía el bonísimo fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada y con- fesor de la Reina Católica, no habría podido limitarse á re- probar, entre otras demasías en el vestir, tíos excesos en las holandas e finas bretañas e otros liengos costosos» (5); pues en aquella poco lejana sazón «andaban vestidas las gentes tan llanamente, que no traía un señor de diez cuentos de renta lo que agora [en 1553] trae un escudero de quinientos ducados de hacienda» (6).
Así, mientras que en casi toda España, por los años de 1558, en que empezó á reinar Felipe II, «no permitía la abun- dancia tasa, ni la moderación en los trajes término por le- yes...., ylas hijas asistían á la continua labor de sus ajuares para su dote..., y vestían las mujeres ropas y basquinas de paño frisado y grana, y, si de terciopelo, servían en el matri- monio deabuela, hija y nieta....» (7), en Sevilla, lustros antes de aquella fecha, recién pasado el primer tercio del siglo, los hombres se vestían de paños de á dos y tres ducados la vara, (4) Entremés de los Mirones, apud Varias obras inéditas de Cervantes (Madrid, 1874), publicadas por D.
Adolfo de Castro, pág.
55.
(5) Solazoso y provechoso tractado contra la demasia de vestir y de cal' zar y de comer y de beber, cap.
XIV; en la Breve z muy provechosa doctrina de lo que debe saber todo Cristiano, con otros Tratados muy provechosos.
(6) Antonio de Torquemada, Los Coloquios satíricos, con un Coloquio pastoril.
(Mondoñedo, Augustin de Paz, 1553), f." 102.
(7) Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, edición de 1876, t.
49-50.
- 39 - y usaban en los jubones, sayos, calzas y zapatos, carmesí, ter- ciopelo, raso de tafetán, chamelotes, fustelas y estameñas, seda sobre sedas, y había calzas que costaban cuarenta y cin- cuenta ducados; y las sevillanas más ricas usaban trajes de mantos de paños finos largos, y de raso, y de tafetán, y de sarga, y traían sayas á la francesa, ó serranas, ó flamencas, ó portuguesas, como solían ser las tocas y cofias, y, en fin, sa- yas de carmesí, y terciopelo, y raso, y tafetán, y estameña, y de paños de todos colores, con muy ricas tiras de seda (8).
Cin- cuenta años después escribía Morgado, en su Historia de Se- villa (9):«Los ciudadanos visten comúnmente rajas, cariseas, gorgorán, filete, lanillas, buratos y terciopelados.
Ninguna mujer de Sevilla cubre manto de paño: todo es buratos de se- da, tafetán, marañas, soplillo, y, por lo menos, añascóte.
Usan mucho en el vestido la seda, telas, bordados, colchados, re- camados ytelillas; las que menos, jarguetas de todos colores.
El uso de sombrerillos las agracia mucho, y el galano toquejo, puntas y almidonados.
Usan el vestido muy redondo, précian- se de andar muy derechas y menudo el paso, y assí, las haze el buen donayre y gallardía conocidas por todo el Reyno, en especial por la gracia con que se loganean, y se atapan los rostros con los mantos, y miran de un ojo.
Y en especial se precian de muy olorosas y toda pulicía, y galanterías de oro y perlas.» Así un poeta anónimo de aquel tiempo aconse- jaba ácierta joven: sivillana en limpieza, Cortesana en el vestir, Toledana en el hablar, Irlandesa en el pedir (10).
Y así Lope de Vega, por boca de uno de los interlocutores de (8) Luis de Peraza, Historia de la Imperial ciudad de Sevilla^ década II, libro II, cap.
VIII.
Ms.
existente en la Biblioteca Capitular y Colombina, A4, 442,11.
(9) Pág.
142 de la reimpresión moderna.
(10) Biblioteca Nacional, Ms.
3.890, f.» 24, romance que empieza: Niña, si de tu hermosura.
- 40 La Dorotea (ii), encareciendo la facilidad con que quien iba á Sevilla se olvidaba allí del resto del mundo: cSí, en verdad; Sevilla es para eso: eso dizen de la hermosura de sus damas, y aquellas bocas desenfadadas, donde tan lindos dientes bri- llan, que, como de las Indias traen perlas á Kspafta, pueden ellas enviar perlas á las Indias.
[Pues el río es bobo, para no ser el del olvido!» Dice un añejo refrán (que no olerá bien a algunos, porque huele á antigua cocina española, y no á menú de lo de hoy) que fel tocino hace la olla, el hombre la plaza, y la mujer la casa»; pero como de la casa son el hombre y la olla, es visto que viene á hacerlo todo la mujer.
Empecemos, pues, por ella este ligero esbozo de la relajación de las costumbres sevillanas en los últimos lustros del siglo XVI, y quede asentado de aho- ra para en adelante que cuanto yo diga en esta parte de mi estudio no reza con las excepciones, que dejo á salvo, sino con la regla general, y que, como el lector irá echando de ver, Sevilla, en punto á corrupción de todas clases, se halló entonces en el propio estado, poco más ó menos, que otros grandes centros de población, si bien excediera á todos en el desbarajuste y mal gobierno de la ciudad.
El labrar las casas á la calle con «tanto ventanaje de re- jas ygelosías» ciertamente que haría grande entretenimiento de autoridad, como escribió Morgado, por las infinitas damas que las honraban con su graciosa presencia; pero así dejaron de estar, como debían ellas y los azores, con las espaldas hacia el sol, contra lo que enseñaba un antiguo refrán antife- minista, yde esto se siguieron tres males gravísimos, convie- ne ásaber: las mujeres dejaron de ocupar en las labores pro- pias de sus casas todo el tiempo que gastaban en honrar con su graciosa presencia el ventanaje; para ostentarse tan á me- nudo ante los extraños hubieron menester más atavío y más (II) La Dorotea, acción en prosa.
(Madrid, Imprenta del Reyno, 1632), acto II, esc.
2.^.
41 costosas, galas que para estar entre sus maridos, hermanos y deudos; y con las frecuentes ocasiones sobrevinieron peligros que sin ellas no habría habido que temer; pues de sola la chispa de un mirar suele originarse grande incendio, sobre todo, cuando la aviva el soplo de una palabra provocativa, de esas que, dichas una vez, el diablo se encarga de repetir diez veces.
«¿Dónde están aquellos dorados tiempos.
preguntaba el hispalense Francisco de Luque Fajardo, beneficiado de Pilas, muy á principios del siglo XVII (12).— ¿Dónde la lla- neza, encerramiento y virtudes de las mujeres, cuando no era gallardía como ahora hazer ventana con desenvoltura.
¿Adon- de está el encogimiento honestíssimo que tenían las donzellas, arrinconadas hasta el día de su desposorio, cuando apenas tenían noticia dellas los más cercanos deudos.
Ahora, empe- ro, todo es burlería, el manto al hombro, frecuencia de visi- tas; no hay recato, ni se guarda el decoro á las mayores; apenas ha salido de infancia la donzella, cuando haze docena entre casadas; ya las niñas dan principio á las conversacio- nes...» (13).
Y las casadas, por andar libres como las mozas y por conservar algunos añetes más el barnicillo de la efímera (12) Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos.
(Madrid, 1603, f." 189 V.to) (13) Más cabal, por lo mismo que más desenfadadamente que Luque Fa- jardo, lohabía escrito en 1578, estando en la ciudad del Betis, el rondeño Vi- cente Espinel (Sátira contra las damas de Sevilla, publicada en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, pág.
413 del tomo de 1904): ¡Oh siglo de oro donde era señora La sencillez del trato y la nobleza Y de hidalgos pechos poseedora.
Andaba la mujer con gran llaneza, Fuera de los regalos y deleites, Sin mirar por el garbo ó gentileza.
Pulla le parecía traer afeites, Y agora no se trata en otra cosa Sino en zetrinos, mudas y en azeytes.
Su mayor risa y cura más gustosa Era tratar de Pedro de Urdemalas Una conseja larga y enfadosa.
No se les levantaban más las alas De un tiznado jugar de papasales.
Sin temor de ensuciar también las galas.
Juntábanse en los coros virginales y con algún psalteño ó pando adufe A un son bailaban bailes desiguales.
- 42 - hermosura, negábanse á dar el pecho á sus hijos, como ad- vertía elcarmelita sevillano Fr.
Juan de las Rucias (14): «Ya se tiene por punto de honra no criar las madres á los hijos que paren, sino darlos á otras que los críen, cosa que los animales no hazen, como la experiencia enseña.» ¿Y en lo que toca al lujo.
•Ya, escribía Fr.
Juan de la Cerda en su Lt'dro intitulado Vida política de todos los estados de mtigeres (15)— ya no le agrada tanto lo galano y hermoso como lo preciado y costoso.
Y ha de venir la tela de Flandes, y el ámbar, de cabo del mundo, que bañe el guante y la cuera.
Y aun el calzado ha de ser oloroso y vistoso, porque en él tiene de reluzir el oro también como en el tocado.
El manteo ha de ser más bordado que la basquina.
Todo nuevo, todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo tnaAana.
El gas- to de los hombres suele ser en cosas de provecho, en pose- siones ypreseas; mas el de las mujeres, todo en ayre, porque no vale ni luze: en guantes y en volantes; en pebetes y cago- letas; en azabaches, vidrios y musarañas.
Y algunas vezes no gasta tanto en libros un letrado como alguna dama en enru- biar sus cabellos.» Y más adelante: «.,.
en una mujer atavia- da se ve un mundo: mirando los chapines, se verá á Valencia; No le lufría lo que agón sufre: Que anduviese la crencha y la melena Oliendo á un sucio olor de piedrazufre.
No había entonces doña Berenjena, Doña Fáfula Ordz ni doña Paula, Sino Francisca, Paula, Minga, Elena.
No eran, en naciendo, tordo en jaula, Ni gastaban los años de puericia En las historias de Amadis de Caula.
Mucha simplicidad, poca malicia Había en aquel tiempo en las mujeres; Del ajeno interés poca cudicia.
Pasábase del mundo los placeres La doncellica convertida en mielga, Sin gastar una blanca de alfileres.
Y en la noche que agora más se güelga, Le dezía la triste á su marido; •Desposado, <quc » No copiaré la inocentona pregunta: el lector se la figurará, por poco malicioso que sea, ya que el consonante la está pidiendo.
(14) Hermosura corporal de la Madre de Dios (Sevilla, Diego Pérer., 162 i), f.o 134 v.'" {15) Alcalá de Henares, Juan Gradan, 1599, f.* 471 v."» - 43 - en el oro de la faldilla y basquinas, á Milán; en la seda, á Florencia; en el agnus y las demás reliquias, á Roma; en las buxerías y brinquiños de vidrio, se verá á Venecia; en las perlas y corales, á las Indias Occidentales; en los suaves olo- res, álas Orientales; en los liengos, á Flandes y á Inglaterra; de suerte que es un mapa del mundo, donde se ven reunidas las mayores partes déU (i6).
De afeites no se diga: opúsculo y no párrafo podría es- cribirse sobre los que usaban las mujeres en el tiempo á que me refiero; básteme, pues, con citar otras palabras de Fr.
Juan de las Ruelas, también copiadas de su agradable libro intitu- lado Hermosura corporal de la Madre de Dios, que, aunque impreso en 162 1, fué escrito, según dice su autor en el prólo- go, desde el año 1598 al 1608: «Dexa esta dotrina declarado cuan poca hermosura se halla en el día de hoy, principalmente entre mujeres, en quien si se ve un cuerpo alto, ayuda una buena parte la altura del chapín; si en su rostro hay un color rosado, házese con su artificio, traga é industria de sus ungüen- tos ycarmines.
Si sale dellas resplandor, creo que lo debe de causar el alcanfor y solimán.
Si el cabello es dorado, dalo tal (16) Folio 478.
Es parecida, y muy curiosa, la enumeración que no pocos años después hizo Rojas Zorrilla en su comedia Peligrar en los remedios, jor- nada I.He aqui lo que llevaba encima una mujer: Bofetón.
Todo lo que es necesario Para vivir trac con ella: Pabellón para el verano, Y para el invierno, esteras; Sábanas en las enaguas, Y para colchones, felpa; Para cubrir, guardainfante, Y, por si está de pendencia, Trae en la cabeza espada Y en la cotilla defensa; Para hacer caza mayor.
Redes por valona y vueltas; Jaula para pajaritos; Para gallinas, pollera; Para dar coz, ponleví; En el zapato, una prensa; Los guantes para pedir; Espejo es su cara mesma; En las bandas y listones.
Manillas, sortijas, trenzas, Colonias, cintas y vidrios, Trae bien cumplida una tienda.
- 44 - el enrubio y rasuras que se dan.
Si los dientes blancos, gracias á quien inventó los polvillos.
Si, finalmente, tienen sus miem- bros bien proporcionados, buena parte se debe á quien les corta de vestir, por donde se han subido tanto en nuestro tiempo las hechuras como en aftos estériles y de carestía el pan» (17).
Pero lo peor de esta demasía en el vestir, en el acicalar- se y afeitarse, era que todo ello tenía por motivo más la lasci- via que la mera vanidad; por donde las honras que no pere- cían, á lo menos peligraban, que era como una víspera del perecer.
Así el chispeante agustino Fr.
Juan Farfán, ingeniosí- simo en sus chistes, que llegaron á ser proverbiales en Sevilla, dijo en un sermón, según referencia del insigne poeta don Juan de Arguijo: Turbata est in sermones ejus.
Era tal la honestidad de la Virgen, que no podía dar fe de los rostros que tenían los varones; pero estas señoras de nuestros tiem- pos, fe, esperanza y caridad» (18).
A tal libidinosa predispo- sición debía de contribuir no poco la grande frecuencia con que las mujeres sevillanas acudían á los baños públicos: «Mu- jer conozco yo en Sevilla —hacía decir Rojas Villandrando á uno de los interlocutores de El Viaje entretenido— c^^ todos los sábados por la mañana ha de ir al baño, aunque se hunda de agua el cielo.» Y respóndele picarescamente otro interlo- cutor: «Por ésa se dijo: la que del baño viene, bien sabe lo que quiere» (19).
Y amén de esto y de ser por todo extremo supersticiosas y andar provistas, ellas y sus niños, de amuletos (17) Folio 44 v.'o (18) Cuentos recogidos por D.
Juan de Arguijo: Paz y Meüa, Sales españolas, t.
141 (Biblioteca de Escritores Castellanos).
(19) Libro I.— He aquí lo que de esta materia dice Morgado (Historia de Sevilla, pág.
142 de la edición moderna: «Usan mucho los bafios, como quiera que ay en Sevilla dos casas dellos, ios unos en la collación de San Ile- fonso, junto á su iglesia, y los otros en la collación de San Juan de la Palma, que han permanecido en esta ciudad desde el tiempo de Moros.
No pueden entrar los hombres en estos baños entre día, por ser tiempo diputado solamen- te para las mujeres.
A las grandes salas donde se bañan salen sus caños, que corren de agua caliente, y también fría.
Con la qual y cierto ungüento que se - 45 - tales como manos de tejones, higas de azabache, cuentas de leche y cuernecillos, bien de coral ó bien de peonia (20), ha- bíanse hecho interesadas y codiciosas, hasta en materia de amor, en la cual siempre la liberalidad estuvo en todo su punto.
Como años después, Quevedo, sin faltar á la verdad, habría podido escribir en 1600: Gastó el viejo Amor en viras, Mas no en virillas de plata; Brincos se daban saltando, Y hoy se compran y se pagan (21).
Hasta al juego solían entregarse las sevillanas por aquel en- tonces: «No supo Moya tanta Arismética cuanta ellas saben en el naype», decía Luque Fajardo (22), é indicábalo asimis- mo el padre Ruelas: «...porque precian más el baile deshones- to, la respuesta á punto, la guitarra en las manos, con canta- res lascivos en la boca y los naypes en la faltiquera, que el estar recogidas, calladas y entretenidas en exercicios vir- tuosos» (23).
Á este andar iba todo en Sevilla: para mantener aquel lujo y aquel ocio, y añadirles competente número de criados, les da refrescan y limpian sus cuerpos, sin que se extrañe en Sevilla el yrse á bañar unas y otras damas, quando no quieran yr disimuladas, por ser este uso en ella tan de tiempo inmemorial.» (20) Del inventario de los bienes que quedaron por muerte de Salvador Gómez, platero, collación de Santa Maria, entresaco las partidas siguientes (Archivo de protocolos de Sevilla, of." 11, Gaspar Romano, libro i." de 1572, f.' 1.084): «Vn engasto de mano de tejón de plata.
Veynte y quatro pares de higas engastonadas de plata en dos papeles, y mas otros quince pares de higuitas de azabache engastonadas de plata.
Vn hilito de higas pequeñas de azabache por engastonar que abrá como quatro dozenas.
diez y ocho coralitos pequeños engastonados en plata.
cinco piedras de leche engastonadas en plata.
y más seys manos de tejón engastonadas en plata y más dos peonías.
y más quatro peonías engastonadas en plata.» (21) El Parnaso Español, Musa VI, romance que empieza: Los médicos con que miras.
(22) Obra citada, f." 188 v.'°- (23) Obra citada, f.° 26, 46 y vivir ios hombres disipadamente, y, lo que aún era peor, sostener la competencia y lucha con otras familias también ostentosas, y no ser menos que ellas, todo era poco.
Había que ser rico á todo trance, y el fin importaba; no los medios.
iTratan solamente de augmentar sus haciendas y de sus par- ticulares intereses, para que no falte con que servir á la gula ni al vientre, cuyos esclavos se han hecho de tal manera —observaba el padre Mariana (24)— que no dejan pasar punto ni hora sin ocuparse en deleites y torpezas.» «Crece la autori- dad con el dinero, y la fama de pobre hasta en los reyes men- gua lareputación», escribía Setanti entrado el siglo XVII (25).
A revivir el regocijado arcipreste que compuso el Libro de Buen amor, habría repetido aquel su apotegma: «Por dinero fase Omen quanto piase» (26), Ó aquellos otros (27): Do son machos dineros es macha bendición.
Por todo el mundo anda su sarna e su tinna; Do el dinero juega, alli el ojo guinna.
Por esto afirmaba Alemán, conocedor expertísimo de la vida: «Cuando fueres alquimia, eso que reluciere de ti será vene- rado.
Ya no se juzgan almas, ni más de aquello que ven los ojos.
Ninguno se pone á considerar lo que sabes, sino lo que tienes; no tu virtud, sino tu bolsa; y de tu bolsa no lo que tiene, sino lo que gastas» (28).
Preciso era, pues, gastar mucho; y para gastarlo, tenerlo; y para tenerlo...., cualquier cosa, á cierra ojos.
Allí estaban los tableros de juegos de naipes, en donde se podía probar fortuna cada día y cada (24) Tratado contra los juegos públicos, cap.
XXVI.
(25) Centellas de varios conceptos, á continuación de los Aphorismos sacados de la historia de Publio Cornelio Tácito por el Dr, Benedicto Arias Montano.
(Barcelona, Sebastián Matevat, 1614).
(26) Copla 1.016.
(27) Coplas 464 y siguientes.
(28) Guzmán de Alfarache, parte 11, libro II, cap.
VTI.
- 47 - hora, aunque, ya adeudados y empeñados, fuese fuerza jugar las cabalgaduras, la plata de las mesas, y aun las mismas ar- mas, que al cabo al cabo para nada servían no teniendo cerca á más infieles que á propio (29).
Allí estaban aquellas jóve- nes feas á quienes sentenciaban sus padres, «á costa de sus haziendas, en los cincuenta ó sesenta mil ducados, para que las quieran por mujeres; que las que carecen deste bien [del de la hermosura] es necesario dorarlas, como pildoras, para que se puedan passar» (30).
Y, á turbio correr, ancho campo había en Sevilla para los abiertos de genio y no cerrados de conciencia, y ¿quién puso puertas al campo.
¡A la arrebatiña, como pelones en bautizo, había de andar un hombre, si me- nester fuera, para enriquecerse.
Pues ¡buen caldo hace una hi- dalguía.
¡Buen manjar blanco una acrisolada honradez.
¡To- do, menos ser pobres.
Ni había que pensar, sino para llorarlas por perdidas, en las graves y varoniles costumbres de otros tiempos.
A todo andar los hombres iban dejando de parecer tales.
Aludiendo á año no más remoto que el de 1571, en que se dio la gloriosa batalla de Lepanto, decía el gran Lope, por boca de uno de los personajes de La Dorotea, escrita aún no cuatro lustros después: «Entonces que se buscaban las espadas de filos negros para robustas manos, y moldes vergonzosos para cabellos viles» (31).
Y después, muy á los comienzos del siglo XVII, tratando de los «hombres afeminados, gente delicada, que no saben sufrir por Dios un papirote», escribía Fr.
Juan de los Ángeles, con santa y hermosa libertad: «Destos está el mundo lleno; todos los más del son muñecos, mujeriles, fla- cos, sin virtud y sin ser de hombres: ya se afeitan y se pulen como mujeres, y se hazen traer en sillas, y se miran y com- (29) Fr.
Pedro de Cobarrubias, Remedio de Jugadores.
Nueuamente añadido y enmendado.
(Salamanca, Juan de Junta, M.DXLIII), f." LV.
(30) Fr.
Juan de las Ruelas, Hermosura corporal de la Madre de Dios^ f." 3 v.'".
(31) Acto II, escena 4." - 48 - < ponen al espejo, y presto se pondrán almirantes, y arandelas, y copetes, y ruecas en las cintas, porque ya les cansan las espadas, y el tratarles de cosas de caballerías y armas son para ellos pueblos en Francia» {32).
Perdido el tiento á la virtud, andaba todo tal, que más valiera que corriese, para que pasara pronto.
Porque siendo oro lo que oro vale, no solamente por los dineros faltaban los degenerados hombres á sus deberes y á los que les imponían sus cargos y oficios, sino también por présenles de joyas, de vestidos, y aun de cosas de comer; y por encargos ó ruegos de personas que otro día pudieran hacer el copete á quien hoy les hiciera la barba; y por súplicas y exigencias de Ve- nus, allanada á trocar favores con Astrea, ó con el diablo mismo.
cLos dos polos que mueven este orbe son dones y do- fias», escribía el Ldo.
Porras déla Cámara, en 1601, al carde- nal D.
Fernando Niño de Guevara, enterándole de lo que era Sevilla, para cuya sede arzobispal estaba elegido.
«¡Qué de facinorosos se quitan de la horca, qué de maldades se encu- bren, qué de cosas se alcanzan, y qué de hombres se huma- nan por mujeres hermosas!» exclamaba con gentil desenfado el sobredicho padre Ruelas (33).
Sin gozar de fuero eclesiás- tico, aún más francamente se expresaba el insigne sevillano autor de Guzmán de Alf atache (34): «En causas criminales, donde la calle de la justicia es ancha y larga, puede con mu- (32) Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma (Valencia, Patri* cío Mey, 1602), dedicatoria.
(33) Ruelas, obra citada, 10 v.'°.
(34) Parte II, libro II, cap.
I [I.— Y aBade, poco más abajo: tConocí á un juez á quien habiéndole pagado un mercader muy bien una sentencia, con ánimo de asombrar con ella su parte contraria para que, temeroso, acetase un concierto, y diciéndoie un su particular amigo que lo supo que cómo tan con- tra tan evidente justicia sentenciaba, respondió que no importaba, pues habla superiores que le desagraviarían; que no quería perder lo que le daban de presente.
Derreñeguen de un fallo destos á carga cerrada, que más verdadera- mente se puede llamar fallo de presente indicativo, pues engaña y no juzga.» Y parece que no advirtió Mateo Alemán que había jugado no sólo del voca- blo/a//o, sino de la frase entera, pues t\ fallo á que acababa de referirse fué de presente (de regalo), indicativo de la sinvergonzoneria del juez.
- 49 - cha facilidad ir el juez por donde quisiere, ya por la una ó por la otra hacera, ó echar por medio.
Puede francamente alargar el brazo y dar la mano, y aun de manera que se le quede lo que pusiéredes en ella; y el que no quisiere perecer, dcyselo por consejo: que al juez, dorarle los libros; y al escri- bano, hacerle la pluma de plata, y echaos á dormir, que no es necesario procurador ni letrado.» «Ninguna administración de justicia; rara verdad; poca vergüenza y temor de Dios; menos confianza; ninguno alcanza su derecho sino comprán- dolo», advertía con donairoso laconismo el Ldo.
Porras en su aludida carta, que en 1900 publicó la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, t Todos tratan como se venda la justicia escribía Luque Fajardo (35); —no hay ley que valga, fuero que se cumpla, premática que se guarde, ni hay favor como un real de á ocho, doblón ó escudo: real, que sujeta enemigos; escudo, que defiende; y doblón, que dobla la justicia.» Pero ningún testimonio más abonado que el de aquella peregrina mujer, tan sabia como virtuosa, tan humilde como evangélica- mente alegre, á quien hoy veneramos en los altares bajo el nombre de Santa Teresa de Jesús: después de residir en Sevi- lla cerca de un año, y, por tanto, de conocer bien la población, escribía, en 29 de abril de 1576, á la madre María Bautista, priora del convento de ValladoHd: «Las injusticias que se guar- dan en esta tierra es cosa extraña; la poca verdad; los doble- ces.
Yo le digo que con razón tiene la fama que tiene* (36).
Y entre los jueces que usaban las leyes de encaje, y los que se {35) Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, f." 291 v.'".
(36) Cartas de Santa Teresa de Jesús, edición publicada en la Biblioteca de Rivadeneyra, t.
LV, carta LXXII.
D.
Vicente de la Fuente, después de advertir que la cláusula que he copiado en el texto fué omitida en todas las edi- ciones anteriores, y que aun los correctores mismos, que la habían copiado, la borraron luego, é igualmente la nota en que procuraban atenuarla, intenta tam- bién la atenuación, achacando los males que deploraba Santa Teresa á «la injusticia y desgobierno de aquella época, pues eran tantas las exenciones, fueros privilegiados y jurisdicciones privativas, que había en Sevilla, según se dice, ¡cuarenta tribunales!».
Y añade que «este absurdo monstruoso hacia im- pohible la administración de justicia en aquella población», para acabar dicien- -50- dejaban dorar los libros, y los que tenían por empresa y norte A más líos más ganancia, mereciendo llamarse por ello Don Juan de Liarte, como aquel juez tpersiguidor ó pesquisidor» que de mano maestra pinta Enríquez Gómez en la Vida de don Gregorio Guadaña (37), ¿qué justicia había de haber en Sevilla.
Ni ¿qué cosa buena sino algún guisado suculento po- día esperarse de los señores de la plaza de San I'Vancisco, quiero decir, de los oidores, alcaldes, relatores y escribanos de la Audiencia, ángeles de guarda de los jiferos de la puerta de la Carne, tgranjeados con lomos y lenguas de vaca».
(38).
Cuando el prior juega á los naipes, fácil es imaginar qué harán los frailes.
En todas las malas gentes había hallado señales de salvación cierto predicador á quien se refiere Mateo Alemán, y en sólo el escribano perdía la cuenta: no le hallaba enmienda más hoy que ayer, este año que los treinta pasados.
«Ni sé— añadía cómo se confiesan, ni quién los absuelve, porque informan y escriben lo que se les antoja, y por dos ducados, ó por complacer al amigo, y aun á la amiga (que negocian mucho los mantos), quitan las vidas, las honras y las haciendas, dando puerta á infinito número xle peca- dos» (39).
Y de los alguaciles y la canalla corchetil cuanto se diga malo no será ni asomo de la verdad.
Con todo, á ella se acercó mucho el autor de Guzmán de Alfarache, en la siguiente pintura (40): «...compró aquella vara para comer, ó do: «Cúlpese, pues, de las injusticias y demás que lamenta Santa Teresa, no á los sevillanos, conocidos siempre por su piedad y generosidad, sino á loi errores y desgobierno de aquellos tiempos.» (37) Cap, III.
Juan de Liarte, según la donosa novelita, confesaba que la muerte de un caballero había costado más de cuarenta; que, habiéndose ¡do á Indias los matadores, él, como juez de la causa, prendió en la Cárcel Real á cuantos eran amigos de ellos; y que habiéndose todos escapado, con el alcaide mismo, y no faltando malas lenguas que publicaran haber sido el pri- mer movedor de esta danza D.
Juan de Liarte, éste los sacó á la vergüenza pública, y algunos fueron á galeras, «para escarmiento de muchos que hablan de la justicia como si dominaran sobre ella.» (38) Cervantes, Coloquio de los perros Cipión y Bergama.
(39) Guzmán de Alfarache, parte I, libro I, cap.
I.
(40) Ibid., parte II, libro II, cap.
lU.
- 51 la trae de alquiler, como muía, y para comer ha de hurtar; y á voz de «alguacil soy, traigo la vara del Rey», ni teme al rey ni guarda ley; pues, contra rey, contra Dios y ley, te hará cien demasías de obras y palabras, poniéndote á pique de poderte acomular una resistencia.
Pondráte luego en poder de sus corchetes: mira qué gentecilla tan de bien.
Quien dice corchetes, no hay vicio, bellaquería ni maldad que no diga: no tienen alma; son retratos de los mismos ministros del infierno.» Los tales alguaciles, que solían pertenecer al claustro y gremio de la rufianesca, industriábanse apelando á cien artimañas, así para tener bien asentado su renombre de valientes, fingiendo riñas con los matasietes en los lugares más públicos, como para buscarse honradamente una ayuda de costa, preparando, de acuerdo con sus mancebas, la red para cazar bretones y dejarlos pez con pez, cual bota escu- rrida.
Vcomo auxiliares de alguaciles, escribanos y pleiteantes de mala fe, que había plaga y diluvio de ellos, mención merecen los testigos falsos, que por seis maravedís juraban seis mil falsedades y quitaban seiscientas mil honras; testigos omnividentes, omniaudientes y omniscientes, que, según afir- ma el propio Alemán, acudían á los consistorios y plazas de negocios, y á los mismos oficios de escribanos, á ofrecerse á quien los había menester, «de la manera que los trabajadores y jornaleros acuden á las plazas deputadas para de allí ser conducidos al trabajo» (41).
(41) Idí'd.
parte 11, libro II, cap.
VII.
Alemán, después de afSadir que había testigos falsos, como pasteles, conforme los buscasen, de á cuatro, de á ocho, de á medio real, y para casos graves también los había hechizos, tcomo para banquetes y bodas, de á dos y de á cuatro reales, que depondrán á prue- ba de mosquete, de ochenta años de conocimiento», cuenta, para mostrarlo, el siguiente caso curiosísimo: «Como lo hizo en cierta probanza de un señor un vasallo suyo, labrador de corto entendimiento, el cual, habiéndole dicho que dijese tener ochenta años, no entendió bien, y juró tener ochocientos.
Y aun- que, admirado el escribano de semejante disparate, le advirtió que mirase bien lo que decía, le respondió: «Mira vos cómo escribís, y dejad á cada uno tener »los años que quisiere, sin espulgarme la vida.» Después, haciéndose relación deste testigo, cuando llegaron á la edad, parecióles error del escribano, y qui- siéronle por ello castigar; mas él se disculpó diciendo que cumplió en su oñcio -62 - Otro de los graves males que dañaban á Sevilla en el tiempo á que se refiere este mi desmedrado estudio era la regatonería, entendiéndose por tal, no sólo, como ahora, la venta al por menor de los géneros que se han comprado por junto, sino, principalmente, el acaparamiento de los artículos de primera necesidad y la confabulación de los acaparadores para encarecer excesivamente su precio.
Este linaje de la- drones (dejo á un lado eufemismos hipócritas) se pasaban el año entero haciendo su agosto y comiendo á dos carrillos; que para comer así robaban á dos manos: con la una al infeliz traedor de tales artículos, pues, á las buenas ó á las malas, se los hacían vender á cuan bajo precio querían; y con la otra á los consumidores, á quienes cobraban el doble y aun el triple del costo, muy por encima de la tasa, ya que á la postura sólo se despachaba el rehús de lo comestible.
Hasta de las cosas que se vendían en las Gradas llegó á hacerse regatone- ría, pues las atravesaban (que así decían al acaparar) los rega- tones, pregoneros y alcabaleros que había allí, «para vender- las á excesivos precios, usando de muchos fraudes y posturas falsasf (42j.
Cuento de no acabar habría de hacérseme la enu- meración de los curiosos casos de regatonería que tengo ex- tractados de las actas capitulares de la Ciudad; y así, como muestras, sólo citaré un par de ellos.
En 1 594 Beatriz de Ca- en escribir lo que dijo el testigo, que, aunque le advirtió dello, se volvió á ratificar, diciendo tener aquella edad; que así lo pusiese.
Hicieron los jueces parecer el testigo personalmente, y, preguntándole que por qué faabia jurado ser de ochocientos años, respondió: «Porque asi conviene á servicio de Dio» y del conde mi señor.» - Esto, empero, más que á otra cosa, debíase á bonachón hábito de servidumbre: el conde su señor ante todo.
En el Archivo general de protocolos de Sevilla (oficio i.% libro I." de 1599, f.» 979) be visto el testa- mento deLuisa, mulata, libre, criada de D.
Francisco de Guzmán, marqués del Algaba, documento escrito de letra de otro criado, y empieza así: »Sepan quan- tos esta carta bieren como yo luisa de gusman hago mi testamento; el alma encomiendo a dios y el querpo a la tierra, con lisensia del marqués mi sefior que dios guarde muchos años.» ¡Cuidado, que pedir la venia una moribunda para encomendar su alma á Dios.
¡Quieren parecerse á aquéllos ios criadoc que se estilan hoy.
(42) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 6 de junio de 1597.
- 53 - ceres, pescadera, metía todos los viernes en las redes donde vendía el pescado á diez ó doce personas, hombres y mujeres, haciéndolos pasar por despenseros de monasterios, oidores, alcaldes y regidores, y á este título, fingiendo despacharles mucha cantidad de pescado del mejor, toda ella se revendía luego á precio muy superior al de la postura (43).
Los despen- seros de los monasterios tomaban el pescado por cargas, di- ciendo ser para aquellos y revendíanlo después entre sus pa- rroquianos; acordó el cabildo que se hablara á los priores y guardianes para que corrigiesen el abuso (44); pero no se lo- gró la enmienda (45).
Hombres aún peores que éstos había deparado á Sevilla la general corrupción de las costumbres, y hasta metídolos en el regimiento de la Ciudad.
Y era que, como dijo Setanti, ha- bían llegado los tiempos á tan grande rotura, que los hom- bres, por sólo una onza de interés particular, solían echar á perder cien arrobas de beneficio público (46).
Nada, por des- dicha, más cierto.
Algunos pastores no sólo se ponían de parte de los lobos, contra las ovejas, sino que lobeaban ellos mismos.
En cabildo de 20 de mayo de 1 598 hacía notar don Juan Ponce de León, alcalde mayor de la ciudad, que, «siendo como es esta provincia de las más abundantes y fértiles del mundo», siempre el trigo y la cebada valían á excesivos precios, lo cual debíase á la mucha regatonería que había en estas especies, porque, como era público y notorio, muchas personas, antes de la cosecha, compraban y atravesaban «todo el trigo con que esta ciudad se suele bastecer, y así, haziendo estanco del, vienen á forgar á la ciudad que haga asientos con ellos á egesivos pregios»; y, para averiguar lo que en esto pasaba y castigar á los culpables, pidió que el Cabildo nom- (43) Ibid., cabildo de 26 de octubre de 1594.
(44) Ibid., cabildo de 19 de octubre de 1592.
(45) Ibid , cabildo de 20 de abril de 1594.
(46) Centellas de varios conceptos, n.° 368.
- 54 - brase un juez de comisión (47).
Un mes después, en 26 de junio, el jurado Francisco García Laredo hacía presente que, siendo, como era, muy buena la cosecha de pan, no entraba trigo ni cebada de ella en la Albóndiga, «porque los semille- ros y mesoneros y regatones han comprado y van comprando adelantado..., de tal manera, que dentro de muy pocos días habrán comprado todo el pan de quince leguas al rededor, de que se sigue que el pueblo habrá de comer el pan que se traxere de más lexos, que no podrá ser barato ni al precio á que lo comiera si no hubiera regatones...» ¡Pues del Cabildo eran los que, este año, como otros anteriores, atravesaban, por medio de interpósitas personas, el trigo de la comar- ca.
(48).
Decíalo Mateo Alemán, en la parte primera de su Guzmán de Alfarache, al tratar de por qué en Sevilla, aun en los años prósperos, se pasaba trabajosamente: c Ninguno compra regimiento con otra intención que para granjeria, ya sea pública ó secreta; pocos arrojan tantos millares de ducados para hacer bien á los pobres, sino á mismos» (49).
Y algo después: «Sevilla, por/^j ó por nefas, considerada su abun- dancia de frutos y la carestía dellos, padece esterilidad, y aquel año hubo más, por algunos desórdenes ocultos y codicias de los que habían de procurar el remedio, que sólo atendían á su mejor fortuna.
Abrasaban la tierra los que debieran dejarse abrasar por ella» (50).
Y Porras de la Cama- (47) Actas capitulares, cabildo de 20 de mayo de 1598, escribanía i.' (48) Púsose esto en claro, y que algunos caballeros del cabildo habían escrito á Madrid, «diziendo que ay en él personas que conpran trigo para revender», en el acta de 4 de septiembre de 1598; pero no quiénes fuesen los que tal hacían.
(49) Parte I, libro I, cap.
IV.
Y pone á continuación este cuentecillo: «Asi pasó con un regidor, que viéndole un viejo de su pueblo exceder de su obligación, le dijo: «¿Cómo, Fulano N.
Eso no es lo que jurastes cuando en «ayuntamiento os recibieron, que habiades de volver por los menudos.» Él re*- pondió diciendo: «¿Ya no veis como lo cumplo, pues vengo por ellos cada «sábado á la carnicería.
Mi dinero me cuestan.» Y eran de los carneros.» (50) Y todavía en la parte II, libro II, cap, VII, Mateo Alemán volvió á apretar la mano á los regidores que se sustentaban con el oficio, «que no tiene renta».
Pero tenía renteros, y mil gajes ó desgajes má.s.
Y añade: «Di 55 ra, con noble ingenuidad, manifestaba al electo arzobispo de Sevilla: «...ya la mercancía y el trato se ha convertido en robo y en regatonería, estancando todos los géneros, desde el oro y seda hasta las legumbres, para revenderlas excesivamente cuando, por haberlas ellos atravesado, está falta la plaga.
Y lo peor es que son deste trato los que habían de remediarlo, porque es tal el humano interés, que todo lo atropella.» No era más sólido el edificio social de Sevilla por lo to- cante ála seguridad de los que transitaban por los términos de su extensa jurisdicción.
La Santa Hermandad, una de las tres santas que, con el honrado Concejo de la Mesta, traían al reino agobiado^ al decir del refrán, tal andaba, que no po- día andar peor.
Los alcaldes de ella tenían abandonados sus oficios, á un extremo, que el cabildo de la Ciudad vióse al- guna vez precisado á acordar que se les requiriese para que los usaran, con apercibimiento de proveerlos en otras per- sonas (51); había grandes desórdenes y excesos en la cárcel de la dicha Hermandad, y estaba con tan poca guarda y cus- todia, que se escapaban los presos que querían, «cómo estos días (en 1598) se ha visto dos vezes por experiencia» (52); y en cuanto á los cuadrilleros, «ladrones en cuadrilla», como los llamó cuerdamente D.
Quijote, con decir que los más de los venteros lo eran (cuadrilleros y ladrones) se dice todo (53).
Vea el lector qué buen retrato les hizo Mateo Alemán, de cu- yo testimonio no puede buenamente prescindirse tratándose también, pues no lo dijiste, que si á los tales, después de ahorcados les hicie- sen las causas, dirían contra ellos aquellos mismos que andan á su lado, y agora con el miedo comen y callan.
Di sin rebozo que por comer ellos de balde ó barato, carga sobre los pobres aquello, y se les vende lo peor y más caro.» (51) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de i.° de diciembre de 1599, escribanía i.' (52) Ihid., cabildo de 14 de octubre de 1598, escribanía I.* (53) «La palabra del ventero es una sentencia definitiva: no hay á quien suplicar sino á la bolsa, y no aprovechan bravatas; que son los más cuadrilleros, y, por su mal antojo siguen á un hombre callando hasta poblado, y allí le pro- barán que quiso poner fuego á la venta y les dio de palos, ó le forzó la mujer ó hija, sólo por hacer mal y vengarse» (Mateo Alemán, Guztnán de Alf ara- che, parte I, libro II, cap.
I).
- 56 - de bosquejar el estado social de Sevilla á fines del siglo XVI: «Los santos cuadrilleros, en general, es toda gente nefanda y desalmada, y muchos por muy poco jurarán contra ti lo que no heciste ni ellos vieron, más del dinero que por testificar falso llevaron, si ya no fué jarro de vino el que les dieron.
Son, en resolución, de casta de porquerones, corchetes ó bcllegui- nes, y, por el consiguiente, ladrones pasantes, ó punto menos, y los que roban á bola vista en la república» (54) Tanto y de tal manera abusaban de su oficio, que en algún pueblo de se- ñorío se les llegó á vedar el salir al campo sin mandamiento ú orden especial de sus alcaldes ó de la justicia ordinaria (55).
Así vagaban por doquier, á todas sus anchas, muchedumbre de los otros ladrones (56), ganando, con todo, los caminantes en no habérselas sino con ellos; pues, á topar con la cuadrilla de la Santa, fuera aún peor lo roto que lo descosido (57).
Y así, á pesar de la Hermandad toda, en las sierras de Jerez anduvieron campando por su respeto Pedro Machuca y sus (54) Ibid, parte I, libro I, cap.
Vil.
(55) «Tratóse en este cabildo que por qaanto entá visto que muchos qua- drilleros vsan el oñcio de quadrilleros en ^ande número qae dizen pasar de seis y siete y van al campo munchas bezes sin orden de lot alcaldes de la her- mandad yaun se entremeten en denunciaciones y otras cosas que no tocan ¿ su oficio, de que rresulta notable djtflo y perjuizio, y para rremediarlo se acordó en este cabildo que se pregone públicamente que los dichos quadrilleros 00 salgan al campo sin mandamiento e orden especial de los dichos alcaldes de la hermandad, ó de la justicia ordinaria quando fuere menester, ni vsen de oficio de guardas del campo, so pena de dos mil marauedis para la cámara del duque mi señor e de veinte dias de prisión» ("Actas capitulares de Osuna, cabildo de 12 de marzo de 1590).
(56) En cabildo de 16 de junio de 1597 (escribanía 2.*) se leyó un acuer- do del cabildo de los jurados «para que los alcaldes de la hermandad desta ciudad y su tierra tengan mucha cuenta con visitar los caminos por la muche- dumbre que ay de ladrones.» Se acordó de conformidad que se diera manda- miento para que cada semana visitasen los caminos de su término, y enviaran testimonio de como lo hablan efectuado (Actas capitulares de Sevilla).
(57) Si, porque, sobre robados, podian parecer malhechores á los cuadri- lleros, yaun soltar en sus manos lo que los salteadores se hubiesen dejado atrás, como pasó á Guzmán de Alfararhe y á un harriero que le acompañaba; que, ya aporreados muy bravamente, y deshecha la equivocación (no la tunda) al leer despacio la requisitoria que llevaban los de la cuadrilla, quitaron al harriero «unos pocos de cuartos, para la vista del pleito y remojar la palabra en la primera venta» (Parte I, libro I, cap.
VII).
57 - trescientos salteadores, hasta que en 1590, «cansados ya del daño que hazían en toda aquella comarca de Arcos, Puerto de Santa María y los demás lugares», pidieron á Felipe II el perdón, por carta dirigida á Gonzalo Argote de Molina, pro- vincial dela dicha Hermandad, obteniéndolo y notificándose- les tan aparatosamente, en sus mismas cuevas, que más pare- ció capitulación que indulto el salir libres é indemnes, y aun con mucho agasajo, aquella horda de foragidos (58).
Para todos, cuál más, cuál menos, el deber no era otra cosa que un sinónimo de no pagar, ó, cuando menos, de no haber pagado.
Nadie cumplía con su obligación.
Era la ciudad merienda de negros, con ser blancos los que se la merendaban.
Cada uno hacía de su oficio no sólo mangas y capirotes, como dicen, sino jubones y ferreruelos, ropillas y ropazas.
Ser hon- rado yser necio venían á ser una cosa misma.
Avergonzábanse no de robar, sino de robar poco.
¿Parecen al lector demasiado vivos estos colores.
Pues siga leyendo, y los tendrá por apa- gados ydesvaídos.
Pocos años antes de 1590 había en Sevilla cinco bancos: el de Espinosa, el de Juan Iñiguez, el de Domin- go de Lizarraras, el de Pedro Juan Leardo y el de Jerónimo y Juan de Herber, tíos carnales del notable poeta D.
Francisco de Medrano; «todos los hubo en un tiempo y cada uno dellos parescía que estaban muy acreditados y que con siguridad se ponían los dineros en sus bancos, y las fiangas que cada uno dellos hazían las tenían por muy bastantes, y todos quebra- ron...» (59).
Al decir de Porras de la Cámara, en 1601 hacían seis años que no se ahorcaba á ningún ladrón, «habiendo en- jambres deellos como de abejas, y alguno, de doce millones; y otro, de ochenta cuentos; y se han alzado en Sevilla en este año y el pasado veintiséis hombres con las haziendas ajenas, que ya lo tienen por cierta ganancia de cincuenta por ciento, Í58) Francisco Pacheco, Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, dado á luz por el Sr.
Asensio y Toledo; bio- grafía del veinticuatro Gonzalo Argote de Molina.
(59) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 23 de mayo de 1590.
- .58 si no se quedan con todo, como lo hacen cuasi todos, y se pa- sean libres dentro de seis meses.» Á los almojarifes, recauda- dores ytesoreros del Almojarifazgo Mayor y de Indias y pa- gadores de los corridos de los juros impuestos sobre él, solía llamárseles almas de jarifes: tales eran (6o).
Distraían en sus negocios propios los dineros con que debían pagar los tales corridos á las gentes no poderosas, por lo cual públicamente se decía «que no tiene hazienda el que la tiene sobre los di- chos almojarifazgos.» En cambio, á los principales tenedores de juros se les pagaban las rentas, claro que no por su bella cara, mucho antes de vencer los tercios, y así, por octubre de 1598 se habían pagado adelantados «más de ochenta mili du- cados», dela mayor parte de los cuales no estaba tomada ra- zón en los libros, sino solamente rubricadas del caballero ad- ministrador lascartas de pago (ói).
Entretanto, los capitanes de la tierra, hable por mi el veinticuatro D.
Juan Ponce de León, «tiranizan á la gente pobre y los molestan y hacen que vayan á trabajar á sus ha- ziendas de balde, y comen los pastos, y toman otras licencias, en perjuicio del común» (62); y los alcaldes de la tierra, por no ser menos, habíanla tomado tan bien, que la tenían por suya, en perjuicio de las rentas de los propios (63).
Los fieles ejecutores, que solían ser infíeles á sus mujeres, pues «con la pena que llevaban de la plaza daban gloria á sus mance- bas» (64), también solían serlo á sus varas y á su obligación, pues disimulaban con los regatones, que siempre los tenían más untados que brujas (65).
Contra el veedor y conocedor (60) <A les almojarifes de la ciudad llamaba un discreto almas de xari- fes* (Luque Fajardo, Fiel desengaño contra la ociosidad y los jtugos, í." 228).
(61) Actas capitulares, cabildo de 2 de octubre de 1598, escribanía i.' (62) Ibid., cabildo de 18 de julio de 1597, escribanía l.' {63) Ibid., cabildo de 21 de febrero de 1590.
(64) Rojas Villandrando, El Viaje entretenido, libro I.
(65) En cabildo de 14 de junio de 1593, Rodrigo Suirez, mayordomo del de los jurados, quéjase de que los fieles ejecutores no procedían contra un regatón de pescado que puso mano á una daga contra el jurado Juan de Perea.
Tales disimulaciones de los fieles eran frecuentísimas.
- 59 - de Tablada en 1 590 se seguía causa, en donde estaban ave- riguados muchos cohechos que llevaba á los ganaderos [66)', pretendía su oficio un Simón Vázquez que ya lo había usado, tan mal, que procediendo contra él el Conde de Orgaz, asis- tente, se ausentó por miedo del castigo, sin dar cuenta de las reses que tenía á su cargo; pero, á pesar de esto y de mani- festar en cabildo uno de los jurados que el Vázquez, «al tiem- po que entró por conosgedor de Tablada no tenía bienes ningunos y quando fué removido del oficio salió con mucha hacienda, siendo el salario muy moderado, y con muchas vacas e yeguas quede presente tiene, y que está informado de que no es hombre fiel ni de buenas costumbres», no obs- tante todo ello ¡fué nombrado Vázquez, y tuvo á su favor el voto mismo del asistente.
{6y).
Aunque, como vemos, había muy poca justicia en la metrópoli andaluza, eran, en cambio, tantos á administrarla, venderla, alquilarla, exprimirla, trocarla á favores y escarne- cerla, que había siempre por plazas y calles y, sobre todo, en tabernas y bodegones, gran muchedumbre de alguaciles autén- ticos, y,aun algunos otros fingidos, claro que para dar cima á empresas non sancias (68).
Y, aun no excediendo de las dos decenas los alguaciles que llamaban de los veinte, y andando á caballo con sus varas por toda la ciudad, era, con todo, faci- lísimo pasar por uno de tantos sin serlo, porque, como decía en un cabildo el jurado Carlos de Lezana (69), «muchos al- guaziles de los veynte traen las varas arrendadas con escritu- ras que hazen simuladas y contraescrituras», y algunos de ellos usaban la alguacilía sin estar recibidos.
Amén de que, como (66) Cabildo de 29 de marzo de 1590.
(67) Cabildo de 14 de abril de 1590.
(68) En cabildo de 26 de octubre de 1598 (escribania i.') «acordóse de conformidad que Pedro de Escobar Melgarejo, procurador mayor, se querelle ante el señor teniente luego de todos los que traen vara de justicia en esta ciu- dad ysus arrabales de triana sin tener facultad para ello, por no aver hecho demostración della ante la justicia ordinaria ó cabeza del partido.» (69) Cabildo de 30 de marzo de 1599.
- 60 - Sevilla era una Babilonia, en donde tenia negocios toda Ks- paña y aun todo el mundo, acudían á la ciudad con manda- mientos, requisitorias, exhortos ó suplicatorios una infinidad de alguaciles y comisarios con vara alta de justicia, por donde se hadan aún más grandes el desorden y la confusión.
No exageró, pues, Lope de Vega, cuando en el tercer acto de El Arenal de Sevilla hizo salir á Florelo con vara de alguacil, di- ciendo, parajustificar el ningún riesgo que habla en ostentarla: Hoy la compré, y ha.sU aqoí Con poco miedo he venido; Por que hay tantas en SctíIU, De guardas, de comisiones, Que á distintas ocasiones Suelen venir de Castilla, Que un afio puedo traella Sin que se sepa quién soy.
Otros, mientras, se fingían guardas, por sacar penas y sacar de penas el estómago (70); y, en fin , hubo fiel sellador de pesas y medidas, que, para que cuantos vendían aceite al por menor le llevaran sus medidas á requerir, y diez ó doce reales de sus torcidos derechos, en lugar de los doce maravedís que antes se cobraban, hizo correr la voz de que aquéllas estaban grandes y había necesidad de arreglarlas á los padrones originarios de la Ciudad, que bonitamente había hecho per- didizos, con lo cual todos se apresuraron á llevarle las tales medidas, á fin de que les limara las aserraduras por donde rebosa el líquido, y así, á trueque de obtener su indigna ganancia, puso á los aceiteros en condiciones de estafar á toda Sevilla (71).
A tan increíble extremo llegaron el abandono y desba- rajuste públicos en la gran ciudad hética, que los malhecho- (70) fAcordóse que Rodrigo del Castillo en nombre de U Ciudad se que- relle contra los que se llaman guardas sin serlo, que agora últimamente se han preso» (Cabildo de 3 de noviembre de 1593).
(70 Cabildo de 17 de octubre de 1597, escribanía 2.".
Llamábase el infiel sellador que tal hizo Francisco Bautista Ventín.
- 61 - res, recién anochecido, capeaban en el Arenal (72); moros más ó menos auténticos, pues muchos de ellos habían sido bautizados, á los tres días de nacer, en la iglesia parroquial de Triana, daban gatazo al más listo (lo que dicen cambiazo hoy), vendiéndole inútiles trapos por medias calzas (73); reducidos á dos todos los hospitales en 1587 (74), los mendi- gos viejos, lisiados é impedidos no tenían donde acogerse, ni quien mirara por ellos, y se morían por las calles, mal tan grave como afrentoso para urbe tan opulenta (75); mientras que, por no haber dinero para pagar lo gastado una semana en obras urgentísimas de las murallas y el río, el asistente, de su peculio, tenía que prestar nueve mil reales, se entrega- ban áFr, Mateo de Salerno, franciscano de los Santos Luga- res de Jerusalén, quinientos ducados, á cuyo pago se había obligado Sevilla graciosamente {yG).
Y en cuanto á policía (72) Lope de Vega, El Arenal de Sevilla, acto I, esc.
XVIII.
Pocos años después escribía Quevedo (El Parnaso Español, Musa V, Carta de Es- carramdn á la Me'ndez): Remolón fué hecho cuenta De la sarta de la mar, Porque desabrigó á cuatro De noche en el Arenal.
(73) El Arenal de Sevilla, acto I, escena VIII.
(74) Los del Espíritu Santo y Amor de Dios (V.
Ortiz de Zúfliga,\4wa- les de Sevilla, año de 1 587, y Matute, Noticias relativas d la historia de Se- villa que no constan en sus Anales (Sevilla, Rasco, 1886), pág.
78.
(75) En cabildo de i.° de agosto de 1594 Andrés Núñez Zarzuela, ma- yordomo delos jurados, dijo: «que la redu^ion de los ospitales desta ciudad se hizo á dos en los quales tan solamente se reciben enfermos de callenturas, he* ridas y llagas, y de los que se reduxeron á estos muchos estañan ynstituydos para recojer y tener en ellos en vnos mugeres muy viejas y se les daua carbón y otras menuden9ias con que se sustentauan y los vezinos y circunvezinos les embiaban socorro y mantenimientos, y en otros se recojian pobres mendigos viejos lisiados e ynpididos para poder andar por las calles, y por no tener donde acojerse, y en las casillas donde se recojen quien los cure y mire por ellos, se mueren por las calles y resultan otros muchos ynconvenientes contra caridad » y suplica, en fin, que en cada collación se ponga una casa de recogimiento.
Este grave mal, á que no dio lugar la autoridad civil, que bien se opuso á la reducción de hospitales, sino el arzobispo D.
Rodrigo de Castro, (que, por terco, ostentoso y nada caritativo, se hizo aborrecible á toda Sevilla), este mal, digo, subsistía en 1599, y aun se había agravado con motivo de la peste (Cabildo de i.° de abril del dicho año, escribanía i.*).
(76) Cabildo de 10 de diciembre de 1597, escribanía l,* 62 - urbana, haciendo caso omiso de los mil muladares formados de murallas afuera y junto á las puertas mismas de la ciudad, en 5 de marzo de 1591 había dos meses que no se limpiaban las calles ÍJ7)\ en 3 de agosto de 1592, porque era pasado más de un mes desde que se cumplieron los arrendamientos de la limpieza, estaba el lugar muy sucio y lleno de vesti- glos (78); en 1 597, porque la limpieza se hacía á costa de los propios, y no de los vecinos, como en los aflos de 1 593 y siguientes, todos echaban lo basura y el estiércol en las calles, cde que ha resultado estar la ciudad tan llena de ynmundi- ciasi (79); en 1 598 el Ldo.
Collazos de Aguilar, teniente de asistente, decía en Cabildo «que es caso vergonzoso ver la ciudad quan perdida está con ynmundicia y montones de basura que hay por todas las plagas y calles, que propiamen- te están hechas muladares.
> (80).
Esto, á fines del gran siglo XVI: ¡y en tiempo de los Reyes Católicos se barrían las calles cada quince días.
(81).
Y si es de los rincones y parajes solitarios no se diga cómo estaban; baste recordar que desde el año 1 599 se acudió al socorrido expediente de pintar ó poner cruces en las paredes de tales sitios, cosa que en dos ó tres años se hizo tan general, que no quedó rinconada de templo ni de calleja sin aquellas pinturas (82).
(77) Rodrigo Suárez, diputado de la limpieza, dijo: «que á la ciudad le consta como el lugar está muy sucio más que jamas lo ha estado, por aver dos meses que no se limpia y por aver sido el ynvierno de tantas aguas, y ser agora entrada de verano [llamaban verano á la primavera, y á lo que hoy de* cimos verano, estioj, se puede temer justamente alguna enfermedad.» (78) Se acordó que se limpiara, sin levantar mano.
(79) Cabildo de 2 de mayo de 159T, escribanía 2.' (80) Cabildo de 5 de marzo de 1598, escribanía i.* (81) «Otrosí, que en el tiempo del enxuto, que barran las calles, cada uno sus pertenencias, cada quince dias una vez, et eche el estiércol fuera de la villa » (Ordenjinza XXIV de las antiguas del Concejo de Sevilla: véase Gui- chot, Historia del Exento.
Ayuntamiento de la ciudad de Sevilla, t.
I, pág.
246).
(82) He aquí una ligera nota de algunos de esos acuerdos: 3 de septiem* bre 1599: que se ponga de cruces por ambos lados la calle que va por las espaldas de las casas de D.
Andrés de Monsalve á la calle de las Armas.— 21 enero i6oo: que se pinten unas cruces á las espaldas del sagrario de San Vicente.
25 agosto 1600: petición de que se pinten cruces en las paredes de - 63 - Para colmo de tanto desorden y desgobierno, los suje- tos que ejercían una jurisdicción, cualquiera que ella fuese, odiaban á los que ejercían cada una de las cien restantes que embrollaban la ciudad.
Cada cual engreído con su vara, te- níase por más digno y encopetado que ningún otro, y diputábala por cedro del Líbano, en tanto que las varas de los demás antojábansele ridiculas cañahejas.
Ya era el arzo- bispo D.
Rodrigo de Castro quien excomulgaba á los del cabildo de la Ciudad por hacer unas fiestas en tiempo de jubileo (83); ya era la Inquisición quien, por quita allá ese paño, hacía lo propio con el regente de la Real Audiencia (84); tal ó cual vez el alcalde del crimen Jusepe de Medrano, in- vadía las atribuciones del asistente y del maestre de campo de Sevilla, y rondaba en ella por las noches, desarmando á los soldados que topaba, á los cuales ponía en la cárcel, «de manera que ya todos dizen que no quieren ser soldados, pues no les guardan sus preeminencias» (85).
Muy especial- San Juan de la Palma.
22 septiembre 1600: que se pinte de cruces el rede- dor de la iglesia de San Bartolomé.
25 septiembre 1600: Ide^n la pared de San Román.
9 octubre i6oo.- ídem la de Santa Marina.
17 enero 1601: ídem la calle que va de San Juan de la Palma á San Andrés, y en la calle del Imperial, los muros de San Leandro.
Del Imperial, por haber vivivo en ella el célebre poeta micer Francisco Imperial y sus descendientes.
Aún llamábasele del Imperial, á la italiana, y no de Imperial, ó Imperial, como ahora.
(83) En 1592.
Véase Ariño, Sucesos de Sevilla de I5g2 d 1604, páginas I.' y siguientes, (84) En 25 de noviembre de 1598, al efectuarse el primer intento de celebrar las honras por Felipe II.
Sabidísimo es que, entrando en la Iglesia Catedral el Tribunal de la Inquisición cuando se cantaba el Evangelio, al pun- to hizo requerir al regente de la Audiencia para que quitase el paño negro de su banco, y como no lo hiciera, fué excomulgado y se suspendieron las honras hasta fin de diciembre.
Francisco de Borja Palomo, docto historiógrafo de las riadas de Sevilla, acerca de las cuales escribió y publicó un curiosísimo libro, extractó muy bien este complicado asunto de las honras en el prólogo que escribió en 1869 para la monografía de Francisco Jerónimo Collado titu- lada Descripción del Túmulo y relación de las exequias que hizo la ciudad de Sevilla en la muerte del rey don Felipe segundo.
Y posteriormente, en 1873, D.
Antonio María Fabié extractó, para los apéndices del curioso libro de Ariño, tanto las actas del Cabildo de la ciudad referentes á las honras de Felipe II como los autos que sobre el mismo asunto formó la Audiencia, y los que se siguieron ante el Consejo.
(85) Actas capitulares, cabildo de 14 de marzo de 1598, escribanía í.*-Por 64 mente, aborrecíanse la Real Audiencia y el cabildo de la Ciudad, y esto provenía, en gran parte, de que aquélla, á cu- yos señores daban de comer de balde y lo mejor regatones y jiferos, sus protegidos, llevaba á mal que este otro tuviese jurisdicción para hacer las causas contra ellos y para mandar, aliquando, que les dieran lindos jubones de azotes y les sacaran no feas multas.
Andando siempre, como dicen, á pícame, Pedro, que picarte quiero, unas pajillas, una friolera, cualquier nonada, venía improvisamente á avivar el inveterado fuego de su malquerencia (86).
En estas contiendas pueriles y en procurar cada cual por su provecho, sin curarse del procomún, pasábase el tiempo todo.
Y así como, «estando las galeras cristianas trompeteando en los puertos y muy de reposo coziendo la haba, gastando y esta acta sabemos cuántas compafiías se habian levantado basta entonces de las veinticuatro que se acordó levantar; decia Pedro de Escobar Melgarejo, como alguacil mayor: *Y que aunque en la ciudad hay diez e oueve compafiías, el señor conde de puñon Rostro tiene la gente dellas tan bien disciplinada y todo tan bien dispuesto y viven tan compuestos y con tanta quietad, que parece no aver milicia en esta ciudad.» (86) Por los años de 1587 y siguientes se hicieron obras en el edi6do de la Audiencia, para las cuales la Ciudad dio cuatro mil ducados.
Desde qoe tal palacio se ediñcó tenía en la fachada, además de las armas imperiales, las de Sevilla; pero, con todo, el regente hizo quitar estas últimas.
Hubo por ello contienda; Sevilla ganó una real provisión (28 de enero de 1591), por la cual se mandó al dicho regente que hiciese poner las armas de la ciudad, «que estauan puestas en las paredes de la plaza desa audiencia, en las partes y según y de la manera que estaban al tiempo que se quitaron», añadiéndose la coletilla «y no fagades ende al.» Hizo ál el regente: acudió á cuantos recursos había para no cumplir lo mandado, tanto, que fué menester á Sevilla soste- ner lacontienda hasta ganarla ejecutoriamente, y asi, en el cabildo de 25 de mayo de 1607, se acordó que se pusieran en la Audiencia escudos de armas de la ciudad.
Por consecuencia de Ul enemiga, los señores (como por antono- masia sehacían llamar los de la Audiencia) no perdían ocasión para entreme- terse en cuanto era de las atribuciones de la Ciudad, bien por ellos mismos como tribunal, ó bien por sus criados, á quienes aquellos hombres de ley y de justicia alentaban á cometer cien desafueros.
En cabildo de 20 de mayo de 1594 el jurado Carlos de Lezana dio cuenta de cque los alguaziles de la audiencia no pueden rondar, y la ciudad muchas vezes ha tratado desto, y que agora no solo rondan y quitan espadas con grande ynsolencia, mas visitan casas de mugeres y de juego y andan con escribanos muchas vezes y hazen causas sin que sea ynfragante y prenden» (Archivo Municipal de Sevilla, Actas capitulares, y libro en pergamino rotulado Varios papeles perterucien- tes al Cabildo de la Ciudad, en f.°, ms,, f,*' 359).
65 - consumiendo los días y las noches en banquetes y en jugar dados y naipes, » los corsarios argelinos, á su placer, paseaban «por todas las mares de Levante y Poniente, sin ningún te- mor, ycomo libres y absolutos señores dellas, y aun, como quien anda á caza de liebres por pasatiempo, aquí tomaban una nave cargada de oro y plata que venía de las Indias, y allí otra que venía de Flandes» {8j), así también las frecuen- tes demasías de las armadas inglesas contra las costas españo- las, ysingularmente contra las andaluzas, tenía muy sin zo- zobra álos sevillanos, por lo cual, cuando en el estío de 1 596 los soldados del Conde de Essex tomaron y saquearon á Cádiz, al saberse en Sevilla la alarmante nueva, y acudir- se á aprestar las armas, «no se halló arcabuz, ni mecha, ni pólvora, ni espadas, ni armas ningunas, aunque las pesaran á oro, si no fueron cuatrocientos arcabuces que la ciudad tenía en la Albóndiga, llenos de moho, que no eran de prove- cho» (88).
El asistente, Conde de Priego, mandó al socorro de Cádiz una compañía de caballería y tres de infantes.
Pedro Ponce de León, que mandaba una de éstas, escribió á aquél en llegando á las Cabezas de San Juan: «V.
paresce que se sirve de que pierda mi reputación al mandarme venir sin armas y munición, de manera que mi venida servirá de es- carnio...» (89).Y cuando se acordó formar un batallón de veinticuatro compañías que defendiese á la ciudad, y llegó para adiestrarlas el capitán Marco Antonio Becerra, jugóse á los soldados muy sevillanamente; que no hallo mejor manera de decir cómo se jugó (90).
Un hombre, un solo hombre hubo en aquellos años capaz de arreglar á Sevilla en todos sentidos: D.
Francisco Arias de (87) Fr.
Diego de Haedo, Topographia e Historia de Argel, Valladolid, 1612, iP 116.
(88) Véase Ariño, obra citada, pág.
34.
(89) Véase Rodríguez Marín, El Loaysa de *El Celoso Extremeño*, pág.
126, nota.
(90) Cervantes se burló con gran donosura, como él sabia hacerlo, de toda aquella titereria militar, y del capitán Becerra, y de la valiente entrada del 66 - Bobadüla, conde de Puñonrostro.
Tomó posesión de la asis- tencia eldía 24 de marzo de 1597; qué cualidades tenía y que hizo, escrito está, para espejo de celosos gobernantes y de hombres de bien (91); qué habría hecho, á permanecer tiempo largo en la ciudad del Guadalquivir, colígese de las muestras.
De él hubiera podido decirse lo que dijo Andrés Hernáldez de los Reyes Católicos cuando en 1477 pusieron su tribunal en el alcázar de Sevilla: que fueron sus justicias ttan concertadas, tan temidas, tan ejecutivas, tan espantosas á los malos, á los ladrones, á los rufianes, á los malvivientes, que, por puro te- mor, muchos se fueron á Portugal, e otros á tierra de moros y allende pasaban» (92).
Así Cervantes en La Ilustre Fregona, hacía decir á un mozo de muías sevillano: « Sábete, aniii^o Duque de Medina en Cádiz, en un punzante •oneto, que no por Mr harto conocido deja de tener aqui apropiado lugar: Vimos en julio otra Semana .Santa, Atestada de ciertas cofradías Que los soldados llaman compañías, De quien el vulgo, y no el Inglés, se eapanta.
Hubo de plumas muchedumbre tanta.
Que en menos de catorce ó quince días Volaron sus pigmeos y Oolias V cayó su edificio por la planta.
Bramó el Becerro y púsolos en sarta; Tronó la tierra, escureci(>se el cielo.
Amenazando una total ruina.
V, al cabo, en Cádiz, con mesura harta.
Ido ya el Conde, sin ningún recelo, Triunfando entró el gran Duque de Medina.
(91) Ariño, en sus mencionados anales, lo elogió á cada paso al citar sus notables hechos, y copió muchas composiciones poéticas que corrían por toda Sevilla en su alabanza.
Y el docto paremiólogo D.
José M.* Sbarbi llega á imaginar que el Conde, «espafiol rancio, varón esforzado, caballero á carta cabal, modelo cumplido de honradez, defensor acérrimo de la justicia..., hubo de servir de modelo á Cervantes, en lo respectivo á la parte sana y seria, para bosquejar la gran figura de su invicto Héroe manchego» (In tilo tempere y otras frioleras, bosquejo cervántico ó patatiempo quijotesco por todos cuatro costados, Madrid, 1903).
(92) Historia de los Reyes Católicos, cap.
XXIX.
Del estado en que se encontraba Sevilla años antes, reinando Enrique IV, decía el cronista Alonso de Falencia: «Principalmente en Sevilla una corrupción desenfrenada iba des- trayendo la república; el que allí se enviaba por corregidor pronto merecía corrección y castigo, y al mismo tenor las autoridades de la ciudad, creciendo en soberbia, fomentaban la tiranía» {Crónica de Enrique IV, traducción de D.
Antonio Paz y Melia, Madrid, 1904, t.
380.— Colección de Escri- tores Castellanos).
-6^- que tiene un Bercebú en el cuerpo este Conde de Pufionrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma: barrida está Sevilla y diez leguas á la redonda de jácaros; no para ladrón en sus contornos; todos le temen como al fuego, aunque ya se suena que dejará presto el cargo de asistente, porque no tiene condición para verse á cada paso en dimes ni diretes con los señores de la Audiencia.» El sapientísimo y virtuosísimo Arias Montano, desde su quinta de Campo de Flores, escribió á Felipe II, que le amaba y le veneraba, suplicándole que mandara al Conde no aflojase del buen orden con que había comenzado á gobernar y reme- diar los desafueros y robos públicos que en Sevilla se co- metían, «ó,por mejor decir, se sustentaban, con nombre de jus- ticia, ycon entrar algunos leones á la parte del interés de una infinidad de lobos y raposas y otras salvajinas que cazaban, y pescaban por mar» (93).
Los señores de la Audiencia no gus- taron de la justicia del Conde, que estaba hecha á prueba de sobornos; á cuantos abusaban y robaban, grandes y chicos, es decir, á las tres quintas partes de la población hispalense, no pareció bien tanta legalidad, pues, al cabo— dirían no he- mos venido á redimir el mundo, sino á comérnoslo; y el insig- ne Conde, viendo que los más miraban con malos ojos sus nobles esfuerzos y que muchos de los robados no merecían protección, porque á su vez eran ladrones, no tuvo empeño en permanecer en Sevilla, ciudad de la cual escribía poco des- pués el racionero Francisco de Porras de la Cámara (94): «....entra cada año la nata y medula de las entrañas del cerro del Potosí; todos hacen su negocio, y si son pobres, proveen su necesidad, y si ricos, hartan su insaciable cobdicia, y está Sevilla menos sigura y más sospechosa que Sierra Morena, y tan miserable y destrogada como Jerusalem en la captividad (93) Esta carta, inédita hasta ha poco tiempo, fué publicada por Rodrí- guez Marín en El Loaysa de *El Celoso Extremeño», pág.
147, nota.
(94) En la consabida carta al cardenal Niño de Guevara, electo arzobispo de Sevilla.
- 68 - del Egipto, que lamenta Isaías diciendo: n-Ite angelí lu-loces ad gentem convulsam et dilaceraíam...* Así, pues, al expirar la centuria décimasexta habría podido ponerse de nuevo en la puerta del Osario aquel tan expresivo rótulo que tuvo puesto, antes de la reconquista, el taimado moro que abusivamente cobraba el pasaje del al macabra (95): cESTA ES LA CIUDAD DE LA CONFUSIÓN Y EL MAL GOBIERNO.
t (95) Ortiz de Zútliga, Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla, t.
I, Pág- 32- III Para albergar gente perdida de toda la grande variedad de especies que constituían la picaresca en los postreros lus- tros del siglo XVI no había en España ninguna ciudad tan á propósito como Sevilla.
Su opulencia daba para todos, aun para los más ruines; su desgobierno y su desorden eran el más eficaz salvoconducto para todo linaje de traviesos y de- lincuentes; yel ser tan grande y populosa, y tan concurrida de gente de cien naciones, ofrecía anchísimo campo á pesca- dores ymariscadores en seco, y protectora seguridad, si no rodaran bien las cosas, de perderse en un momento y cuantas veces fuera menester, como tragado por la tierra, con sólo es- currir ymudar el bulto de un barrio á otro.
Máre magnunt llamaba á Sevilla, mediado aquel siglo, el setabense Francis- co Franco, médico del Rey de Portugal y catedrático del es- tudio de Santa María de Jesús (i); Nínive y Babilonia llamá- bala cincuenta años después el anónimo autor del Entremés de los Mirones (2), y por Babilonia castellana y Cairo español teníala algo más tarde el ecijano Luís Vélez de Guevara, en (i) Palomo, Historia critica de las riadas ó grandes avenidas del Gua- dalquivir enSevilla, t.
115.
(2) «Sevilla es una Nínive, es otra Babilonia: de lo que rueda por esas calles, si hay quien lo note, cada hora puede hacerse una corónica.» 70 - una de sus comedias (3).
Pero ¿á qué decir más.
Babilonia se llamaba la gran ciudad del Guadalquivir en el hampesco len- guaje de la germanía (4).
Empero, sobre las enumeradas, alguna otra cualidad ó cosicosa tenía Sevilla que era especial y privativa de su sucio, ó de su cielo, ó de su ambiente, ó de todos ellos á la vez, y que coadyuvaba muy mucho á constituirla en núcleo y me- trópoli de toda la gente maleante y apicarada de la nación.
A los diablos atribuía Santa Teresa de Jesús, con gentil sencillez cristiana, esta rara cualidad á que me refiero: tNo sé— escri- bió en su Libro de las Fundaciones (5) si la misma clima de la tierra, que he oído siempre decir los demonios tienen más mano allí para tentar, que se la debe de dar Dios, y en esto me apretaron á mí, que nunca me vi más pusilánime y cobar- de en mi vida que allí me hallé: yo, cierto, á mesma no me conocía».
Diego Hurtado de Mendoza había dado una más llana explicación, al tratar del mal comportamiento de los soldados voluntarios que fueron de Sevilla á pelear contra los moriscos rebeldes de la Alpujarra, echando de ver que en la dicha ciudad se juntaban tres suertes de personas: los natu- rales, discretos y animosos, que vivían de sus rentas ó de su (3) En la titulada Más pesa el rey que la sangre, jornada I, escena I: Este Cmyo ttpañol, esta BabiloHia caitellana, Este ejército de almenas, EUte escándalo de casas.
y Lope de Vega, en La Dorotea, acto II, esc.
2.', en donde Celia, al preguntar- le Dorotea: «¿Qué hará mi bien ahora?*, le responde, aludiendo á Sevilla: «Estará en aquella gran ciudad.
Babilonia de Espafia.» (4) Entre cien ejemplos que podria citar, he aquí dos, tomados de los Romances de germanía publicados por Juan Hidalgo: Hicieron ambos alón V á Babilonia se acogen.
En la ancha BahiUmia Acabó su cruz y entróse.
Quevedo, en la VII de sus jácaras (Musa V) (5) Capitulo XXV.
Llegamos á Bahilonia Un miércoles por la tarde.
71 - trabajo; los extranjeros, ocupados en sus negocios; «más los hombres forasteros que de otras partes se juntan al nombre de las armadas, al concurso de las riquezas, gente ociosa, co- rrillera, pendenciera, tahura; hacen de las mujeres públicas ganancia particular; movida por el humo de las viandas...» (6).
Con todo, algo había genuínamente sevillano, ó, mejor, anda- luz, de lo que advirtiera la Doctora Mística; algo que, como ella indicó, estaba y está en «la misma clima de la tierra»: era y es su espléndido sol, y su hermosa y riente luz, y aquella aromada primavera de casi ocho meses; y aquel calor del Se- negal én los tres del estío; todo ello enervante, adormecedor predisponente á la ociosidad; tanto, que hicieron alguna mella en el firmísimo carácter de la autora de Las Moradas, ocasio- nándole una pusilanimidad que en parte ninguna había tenido.
Mas ¡también singular cosa.
con esa propensión al ocio coexistían, en los hombres de todas las clases sociales, una altivez y un como orgullo, provenientes en mucha parte de ser hijos de la magnífica ciudad, y aun de sólo residir en ella, que solían traducirse, cuando no en actos de ostensible valor, en contiendas verbales llenas de interjecciones, pésetes, men- tíses é hiperbólicas amenazas, en que ponía lo menos el pro- pósito dehacer daño á nadie y ponían lo más la exuberancia de fantasía y la facundia retórica que da pródigamente á sus naturales aquella noble y privilegiada tierra.
Como ciudad, como persona jurídica, Sevilla los aleccionaba con sus ejem- plos de dignidad y altivez, quizás exageradas en alguna oca- sión, pero siempre plausibles.
Por el verano de 1 540, verbigra- cia, dos corsarios argelinos entraron y saquearon á Gibraltar; sabido esto en Sevilla, acordóse sin tardanza sacar el pen- dón de la Ciudad, para que con él y con la gente que se juntó (6) Guerra de Granada, libro IV.
Cabrera de Córdoba hurtó estas últi- mas frases al ilustre historiador y poeta granadino, aplicándolas á distinto propósito: á la segunda expedición que se hizo á las Azores, á la cual fué mu- cha gente sevillana.
Fornerón cayó en la cuenta de este hurto (Historia de Felipe Ily traducida por D.
Cecilio Navarro, Barcelona, 1884, pág.
341, nota).
- 72 - marchase allá D.
Rodrigo de Saavedra, tel cual, aunque pres- tamente llegó nueva de haberse retirado los cosarios con la presa, con todo, salió á Tablada con el pendón y la gente que se le había juntado; y refiere una curiosa relación va hablan- do el analista Ortiz de Zúftiga— que, llegando á salir por la puerta de Carmona el pendón, no cabiendo por ella enhiesto, que permanecía en su antigua forma, por no baxarlo, lo des- colgaron por cima de la muralla, y que lo mismo hizo al en- trar: ceremonia notable y digna de memoria añade por lo que indica el respeto de nuestros antiguos á este estimado pendón (7).
Otro ejemplo, de los aftos á que se refiere este pobre discurso.
En cabildo de 20 de mayo de 1 598 se dio cuenta de una carta de la ciudad de Gibraltar á la de Sevilla, en la cual, de fijo por inocente inadvertencia de algún tagaro- te calpense, se la trataba de merced.
¡Tú, que tal hiciste.
Hu- bo veinticuatro que puso el grito en el ciclo, y se acordó que la carta «se rompiese sin hacer caso della, mediante convenir así á la grandeza y autoridad de la ciudad, por ser gibraltar un lugarejo corto y de gente tan ignorante y bruta, que se podía creer con propiedad ignoraría el modo de hablar á sus superiores, y porque no se desvaneciese si la ciudad reparara en su necedad, y que así se le avisase á sus almojarifes para que así lo tuviesen entendido.» Verdad es que Gibraltar, lu- garejo ytodo, no se avino bien con la desdeñosa respuesta, y pleiteó hasta ganar provisión para que Sevilla le diese tes- timonio delacuerdo precopiado, (8) y tales primores forenses costaron muy buenos escudos á la gran ciudad del Guadal- quivir; pero quedó en su punto no sólo aquel puntillo, sino aquella braveza que Cervantes encomió siete meses después en el más popular de los sonetos españoles.
Quien lo hereda no lo hurta, y como de herencia tenían (7) Ortiz de ZúBiga, Anales ecUsidsticos y seculares de Sevilla, t.
III, pág.
382.
(8) Actas capitulares de Sevilla.
Pueden verse, entre otras, las de 8 de julio de 1598 y 23 de febrero de 1602.
73 los sevillanos aquel decoro y aquella noble arrogancia.
«To- dos, hasta los niños escribía el bachiller Luís de Peraza, cabalmente hacia el año referido (9)— presumen de hombres, y andan con sus espadicas á los lados, y aun se las pegan á las veces con el diablo.» Y Vicente Espinel, que es el prota- gonista desu novela intitulada Relaciones de la vida del escu- dero Marcos de Obregón, dice en ella, refiriéndose al año de 1578, en que vivió muy á lo picaro en la ciudad de la Gi- ralda: «Quédeme en Sevilla por algún tiempo, donde, entre muchas cosas que me sucedieron, fué una dar en la valentía; que había entonces, y aun creo que ahora hay, una especie de gentes qae ni parecen cristianos, ni moros, ni gentiles, sino su religión es adorar en la diosa Valentía, porque les parece \a>> que estando en esta cofradía los tendrán y respetarán por va- lientes, no cuanto á serlo, sino cuanto á parecerlo» (10).
El que era sevillano no había de mostrar punto de cobardía ni aun estando para ir al patíbulo (i i); y como esto del valor era cosa en que pecaban todos los más hijos de aquella ciu- dad (12), y aun los pobres mendigos, en siendo de ella, cam- paban de valientes (13), con harta razón la llamaban los poe- tas de los jácaros la Chipre de la valentía (14).
En especial, los ternes de la collación de San Román, en esto de los híga- dos, no reconocían semejantes, á no ser los del barrio de la (9) Historia de la Imperial ciudad de Sevilla.
(10) Relaciones de la Vida del escudero Marcos de Obregón, relación II, descanso II.
(11) Cristóbal de Chaves, Relación de la Cárcel de Sevilla, en Gallardo, Ensayo para una Biblioteca Española, t.
I, columna 1.347.
(12) Castillo Solórzano, La Garduña de Sevilla (Valencia, 1634), cap.
III.
(13) Luis Vélez de Guevara, El Diablo Cojtielo, tranco IX.
(14) En uno de los romances publicados por Juan Hidalgo: Un hombre que ser solía Tenido hace algunos meses Por uno de los que llaman De la Hería y pendón verde, Vino huyendo de Sevilla, Que es Chipre de los valientes, Por no qué niñerías.
Robos, capeos y muertes.
74 - Heria ó Feria.
He aquí por qué en El Rufián dichoso^ Anto- nia, para encarecer la guapeza de Lugo, dice: ¿Hay más que ver que le dan Parías los más arrogantes, De la Hería los matantes, Los bravos de San Román.
Y ya que acabo de nombrarlos, comenzaré f)or los jácaros ó jaques la enumeración de las diversas variedades de la pica- resca.
Así como así, formaban, si no la clase más numerosa de ella, la más digna de estudio, y la más dañina, al propio tiem- po.
Veamos algo de lo que de esta mala gente escribió pocos años há, el autor de El Loaysa de *El Celoso extremeño* : «Como resto de las antiguas costumbres caballerescas, vulga- rizadas yensalzadas en novelones y romances, quedó viva en el populacho la admiración de todo acto de valor, más pro- funda cuanto más desaforado fuese.
A procurar y obtener esa admiración dedicáronse muchos hombres, echándose á vivir sobre su fama de valientes y sobre el miedo que á estos tales tienen las gentes pacíficas.
Padre universal de los vicios es el ocio, y los desalmados que hacían ancha profesión de su bra- veza cayeron en todos ellos, de donde el fraude, la prostitución y el crimen fueron obligados camaradas de la valentía.
Vi- viendo con un pie fuera de la ley (cuando no con ambos), aun- que haciéndose tolerar, ya por la dádiva, ya por el miedo, de los ministros subalternos de la justicia, hombres de la propia laya, todos, bien mirado, fueron unos (16); y, como á los prin- cipios nohubo el saludable rigor necesario para extinguir la (15) Jornada I.
Y en la tercera, Fr.
Antonio, ponderando el antiguo valor del mismo jaque, dice: Que, por Dios, y me goce, Que le VI reñir con doce De Heria y de San Román.
(16) «En Viernes 5 de abríl [1596] ahorcaron á vn corchete porque le lleuauan preso á vn amigo suyo y hizo resistencia á la justicia, y escapó su amigo, y le prendieron al dicho corchete y le sentenciaron [á] ahorcar por una muerte que le acomunaron» (Efemérides sevillanas del año 1596.
en folio, letra de aquel tiempo.
Biblioteca del Sr.
Duque de T'Serclaes).
75 mala semilla de los valientes de oficio, echó raíces y exten- dióse como la grama, haciéndose punto menos que dueña de las ciudades populosas, especialmente de Sevilla.
Tarde acu- dió áponer remedio el celo, por lo común tibio, de cabildos, corregidores ó asistentes, alcaldes y audiencias, pues el mal se había propagado en tales términos, que cárceles, azotes, gale- ras, y aun la horca misma y el descuartizamiento, más bien eran leña con que el incendio se fomentaba que agua que lo apagase.
Germanes^ jaques ó jácaros, rufos ó rujianes y pica- ros se llamaron, teniéndolo á mucha honra, los que profesa- ban en aquella cuasi orden militar de la valentía burdelesca y perdularia, y germanía, jacarandina ó jacarandana, rufianes- ca ypicaresca se llamó indistintamente el espantable gremio.
Como raza que vive enmedio de otra, rigióse por sus especia- les costumbres; tuvo su principal feudo y señorío en la casa llana, cuyas abyectas mujeres, lo mismo que otras repartidas por toda la ciudad, toleraban y aun solicitaban el trato de aquellos malandrines (17), cediéndoles, á cambio de alguna caricia y de muchos golpes, una buena parte de sus viles ga- nancias; ypara que los extraños no entendiesen sus trapazas (17) «Los propiamente llamados rufianes, los que á costa de las marcas vivían, eran casi siempre cobardes: toda la fortaleza se les iba por la boca, perdonando vidas, echando pésetes y reniegos y amagando con destruir este mundo y el otro.
Lope de Vega, que en su comedia El Rufián Cas trucho (de seguro, escrita sobre sucesos que él mismo presenciara) pintó de mano maestra á un desalmado de este jaez, expuso en tres versos el concepto que tales galli- nas lemerecían: ¿Cuándo has visto rufián Que no parezca Roldan Y sea después lebrón.
El siguiente rasgo (jornada I) bien puede valer por un retrato de su prota- gonista: Castrucho.
«Qué es Cid adonde yo estoy.
Que el Hércules mismo soy Y el gigante de David.
(Espántese.) ¡Guarda, pese á tal.
¿Quién es Este que viene hacia aquí.
Escodar.
El sargento es, pese á mí.
Castrucho.
¿Apretaremos los pies.
Escobar.
Siendo tií tan gran gigante, ¿Quieres que huyamos de un hombre.
Pues ¿he de afrentar mi nombre Menos que con otro Atlante?» -76- y bellaquerías, los germanes urdieron cierta jerga ó parla (el lenguaje de germanía que Juan Hidalgo inventarió en 1609), amén de otras varias jerigonzas.
Gente para un barrido y para un fregado, la picaresca, así fundaba contra la propiedad una sociedad que bien podía llamarse «Monipodio, Maniferro y C.*f, comprometiendo en la arriesgada empresa, á modo de fianzas, nabatos y gorjas, como perpetuaba el nombre del va- liente que moría en la Ene de palo (18), narrando sus fazañas en muchedumbre de romances, que, pegados á un son alegre y á un bailecillo deshonesto, pronto se llevaban de calle al vulgacho, tanto en las fiestas de candil como en los corrales de comedias, inflamando con los lascivos meneos aun á las personas más heladas por la nieve de la vejez.
Así la institu- ción de aquellos bribones se difundía y prosperaba, que era un asombro.
»La germanía sevillana tuvo por elementos componen- tes, en cuanto á lo rufianesco, coimas y rufos, padres y cota- rreras, traineles y pagotes; y en cuanto á lo ladronesco (de que Salillas forma acertadamente otro grupo) (19), murcios y bir- ladores, en general; pero con más especies, subespecies y fa- milias que caben en una esmerada clasificación zoológica; por término jurisdiccional tenía á Sevilla entera, con sus plazas y calles, con su concurrido Arenal, sus Atarazanas, puertas y suburbios, y sus extensos campos; por domicilio, las tabernas y los bodegones, los casucos de la mancebía (20), todas las altanas ó iglesias en los casos de apuro, y, á no poder más, los trenas ó banastos^ y los bancos de las gurupas; por co- rreos, cada perdido que llegaba á esta Babilonia, ó de ella se (18) cAsí llamaban á la horca.
Qaevedo, jácara II: Murió en la Ene árpalo Con buen ánimo un gañán, Y el jinete de gaznates Lo hizo con él muy mal.» (19) *El Lenguaje, págs.
83 y siguientes.» (20) «Veinte de ellos poseía la Ciudad, la cual por los años de 1 604 los tenia dados en renta, por dos vidas, al verdugo Francisco Vélez.
Muchos otros pertenecían al Cabildo Catedral (!).» -11 - iba, en particular los que, remando en las galeras del Rey, atracaban en los muelles del Guadalquivir ó buscaban las aguas de Sanlúcar; y por auxiliares y bienhechores, dígalo Cervantes, por boca de Monipodio: «el procurador que nos •defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene «lástima, el que cuando alguno de nosotros va huyendo por »la calle y detrás le van dando voces: ¡Al ladrón, al ladrón, » deténganle, deténganle!, se pone en medio y se opone al » raudal de los que le siguen, diciendo: Déjenle al cuitado, >que harta malaventura lleva; allá se lo haya; castigúele su »pecado» (21).
También la germanía contaba héroes y már- tires entre sus adeptos: héroes, los que habían sucumbido á mano airada, haciendo frente á otros bravos ó á los servido- res de la justicia; y mártires, los que, después de podrirse en el horno sin cantar en el ansia, aguantaban sin chistar ni ha- cer un mohín, por las acostumbradas (22), las caricias de la penca, ó acababan en finibusterre á manos y aun á piernas del boche, subiendo á desposarse con la viuda, con el mismo ta- lante risueño que si fuesen á la Barqueta ó al Alamillo, entre marcas y rufos, á despabilar una gentil cazolada de beren- jenas» (23).
Conformes, de toda conformidad, salvo en lo de entender como úvíónwcio^ germania ó jacarandina, y picaresca.
No: la picaresca es más amplia, y de ella forma parte la germania; ésta es especie, y género la otra.
La antigua picaresca era la vida birlonga, en todas sus múltiples manifestaciones, en vom- (21) «Cervantes, Rinconete y Cortadillo.* (22) «Suple calles.
Un ejemplo por muchos: Y poco faltó, por Dios, Para ser en Portugal Caballeros á lo asnal.
Pues que supimos los dos Que el Duque mandado había Que ^or las acostumbradas Nos diesen las pespuntadas Orden de caballería.' (23) Rodríguez Marín, El Loaysa de i-El Celoso Extremeño*, pági- nas 139-141.
- 78 - chas de las cuales se pasaban no pocos trabajos.
Las princi- pales variedades de la picardía están indicadas por Cervantes en la vida del Pedro de Urdemalas que da título á una de sus comedias: fué hijo de la piedra, niño de la doctrina, grumete de la carrera de Indias, esportillero en la metrópoli andaluza, mandil ó mozo de rufián, mochilero, playero, vendedor de aguardiente y naranjada en Córdoba, suplicacionero ó barqui- llero, como decimos hoy, mozo de un ciego rezador de ora- ciones, mozo de muías, mozo de un tahúr fullero, mozo de labrador, y aún, después, farsante.
Con todo eso, faltaron á Pedro de Urdemalas, entre otros grados, el de pinche ó picaro de cocina, y el de ganapán ó palanquín; y no digo el de traji- nador en las almadrabas de Zahara, por entender que en lo de «gentilhombre de playa» quedó incluido; pues de otra suer- te habría que estimar que le faltaba el grado de maestro, ya que en las tales almadrabas, según Cervantes, era el finibus- terre de la picaresca (24).
Muy de ligero, como quien corcuse, por no permitirme otra cosa ni la prisa con que he de acabar este trabajo ni la extensión que debe tener, iré enumerando, siempre con vistas á Sevilla, las principales variedades de la picaresca, y así el lector formará juicio, siquiera aproximado, de cuántas clases de perdidos se andaban á la briba en la revuelta Babilonia de España.
Comenzaré por el rateruelo, bajo y vil oficio de mozo de la esportilla (25), de picaro por antonomasia, al cual se (24) Cervantes, La Ilustre Fregona.
Pueden verse, además de la extrac- tada en el texto, La vida del picaro, compuesta por gallardo estilo en tercia rima, publicada por Bonilla y San Martin (Revue Hispanique, t.
IX, pági- nas 295 y siguientes); otra que se describe en el Romance de la vida y muerte de Maladros (Hidalgo, Romances de germania), y un breve elogio de la vida picaresca en la continuación de Lazarillo de Tormes por H.
Luna, cap.
(25) Cervantes, Pedro de Urdemalas, jomada I: ...y á Sevilla me volví Donde al rateruelo oficio Me acomodé, bajo y vil, De mozo de la esportilla, Que el tiempo lo pidió ansí, En el cual, sin ser yo cura, Muy muchos diezmos cogí, Haciendo salva á mil cosas.
- 7^ - dedicaban, vamos al decir, los estudiantes gramáticos qué habían de cursar la carrera hampona.
Al olorcillo de las mil cosas de comer que entraban en sus espuertas, y al saborcillo de pellizcarlas y tomarles el diezmo, no menos que de los frutos la Iglesia de Dios, todo sin perder ni un instante la santa independencia que les permitía á toda hora buscar la flor del berro por la ciudad y sus alrededores, acudían cual moscas á miel á aquella vida agradable y regalada infinidad de muchachos, no sólo de la comarca hispalense, sino tam- bién de lejanas tierras.
«Entonces dice Guzmán de Alfara- che refiriéndose á la temporada en que fué mozo de la espor- tilla (26)— éramos pocos y andábamos de vagar; ahora son muchos y todos tienen en que ocuparse, y no hay estado más dilatado que el de los picaros, porque todos dan en serlo y se precian dello.» Este aprendizaje, esta suerte de bachillerato en las malas artes de la picaresca, hacía á dos vías ó facultades: la holga- zana yla trabajadora, ó, por mejor decir, la que pedía y la que tomaba ó agarraba, bien que, por rezar el refrán que en el tomar no hay engaño, á terciarse buenamente, hurtaban todos.
A la honrada clase de los ociosos ó pedidores pertene- cían los mendigos falsamente lisiados, aquellas buenas piezas de leva por quienes dijo Cervantes que «á la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladro- nes yla salud borracha» (27).
Y era de ver como, levantando el estómago con su aspecto, levantaban á la par la voz, para levantar la blanca, el maravedí y el cuarto, á cuya caza iban, con mucho del «¡Mira mis tristes años, y amancíllate de este pecadorl», y del «¡Ten misericordia deste pecador afligido y llagado, impedido de sus miembros..!» (28), y, sobre todo, del (26) Parte I, libro II, cap.
(27) El Ingenioso Hidalgo^ parte II, cap.
LI.
(28) Tomo estos retazos de fórmulas para pedir, de Mateo Alemán, Guz- man de Alfaracke, parte I, libro III, caps.
III y IV.
En el cap.
II están unas curiosisimas Ordenanzas mendicativas.
«¡Me veo y me deseo!», que traía á la memoria al mitológico Narciso, enamorado de sí, mirándose en los cristales de la fuente; y todo ello con voz tan lastimera y lúgubre, que pare- cía salir de lo hondo de una sepultura, ó de entre las llamas del Purgatorio.
Pues ¿y cuando eran dos lacerados los que, como mancuerna, cogían por su cuenta una calle y otra, alter- nando á gritos el petitorio, el uno en tiple y el otro en fa- bordón, descalzos de pie y pierna, levantados casi á medio muslo los remendadísimos calzones, y cada cual con su palo talludo, que propiamente parecía que se andaban á pescar ra- nas en algún hondo charco.
No por falta de lumbres dejaban que nadie les echase el pie delante los ciegos de la vista corporal, que, de ordinario, tenían tan ruin la interior como la exterior (29).
Ocupábanse en rezar oraciones á los que se lo mandaban; buscaban trabajo á las puertas de los templos, ó en las gradas de la Iglesia Ma- yor, y,por lo común, cuando el lazarillo les decía que el que dio la limosna se iba alejando, allí quedaba el rezo ó la can- ción (30).
Verdad es que, aunque estuviera presente el pagano^ el gentil ciego solía engullir parte de las oraciones, rezando para dentro, como quien sorbe, ó, lo que aún era peor, echa- ba sisa en ellas, comiéndose la mitad (31).
A sus solas unos con otros, gastaban lindo humor, como grandísimos bellacos y socarrones que eran (32), y hablaban jerigonza; y á sus solas (29) Dicelo uno de los interloculores del Entremés de los Mirones, de autor sevillano ó residente en Sevilla, y cuya acción pasa en la misma ciudad.
(30) «También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenia mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por cabo del capuz* (Lazarillo de Tormes, tratado I).
(31) Cervantes, El Rufián dichoso, jornada I: Lugo.
Tomad aqueste real, y diez y siete OracioDcs decid, una tras otra, Por las almas que están en Purgatorio.
Ciego.
¡Qué me place, señor.
y haré mis fuerzai Por decirlas devota y claramente.
Lugo.
No me las engulláis, ni me echéis sisa En ellas.
Ciego, No señor, ni por semejas.
(32) En el propio Entremés de los Mirones cuenta el segundo de ellos lo que oyó á unos ciegos junto á la iglesia de Santa Catalina, y á fe que todo es - 81 - y á sus acompañadas diputaban el devoto oficio por profesión honrosa y difícil de deprender, como que habían de tener oraciones para la mitad de los santos que hay en el Cielo.
Ciento y tantas sabía de coro el ciego á quien sirvió Lazarillo de Tormes, y entre ellas habíalas «para mujeres que no pa- rían, para las que estaban de parto, para las que eran mal casadas, que sus maridos las quisiesen bien; echaba pronósti- cos álas preñadas, si traían hijo ó hija.
Pues en caso de me- dicina.
Galeno no supo la mitad que él para muelas, desma- yos, males de madre» (33).
Tan por oficio hecho y derecho teníase ya á fines del siglo XV el echar oraciones, que había donosísimo.
La causa de la ceguera de uno fué arreglada en verso, mucho des- pués, por D.
Francisco de Leyva, para su comedia Cueva y castillo de Amor: aqui el cuentecillo: Tres ciegos, de compañía En conversación honrada, Cada uno de su cegada El achaque refería.
Dijo uno: «Uu aire me dio Estando cavando un día.» Dijo otro: «De una sangría Un barbero me cegó.» Dijo el último: «Yo soy Ciego por vanos placeres; Pues, por andar con mujeres Desenfrenado, así estoy.» Y el del barbero, disgusto Mostrando aqui desigual, Dijo: «¡Eso sí, pese á tal.
Que es cegar de lindo gusto.
» (33) Tratado I.
Y el fingido ciego que saca Cervantes en la jornada II de Pedro de ürdemalas, dice, á propósito de oraciones: la del Anima sola, Y la de San Pancracio, Que nadie cual ésta viola; La de San Quirce y Acacio, Y la de Olalla española, Y otras mil Adonde el verso sotil Y el bien decir se acrisola.
Las de los auxiliadores también, aunque son treinta, Y otras de tales primores.
Que causo envidia y afrenta A todos los rezadores; Porque soy.
Adonde quiera que estoy, El mejor de los mejores.
la de los sabañones, La de curar la tericia Y resolver lamparones; La de templar la codicia -62- para ello aprendizaje, concertado hasta por escritura públi- ca (34).
Aunque los tales rezadores tenían sus poetas c que les fin- gen milagros y van á la parte de la ganancial (35), al gremio de los cuales perteneció, según su propio dicho, el regocijadí- simo Juan Ruiz, arcipreste de Hita (36), las más veces los ciegos mismos, por no partir la capa con nadie, se componían sus oraciones, ¡y así salían ellas.
Véanse algunos ejemplos, auténticos ó hechizos, pero, de cualquier manera, dignos de que el lector los conozca, ó los recuerde, si es que los conocía, y de que, para copiarlos, me detenga algunos momentos: así llevará alguna sal mi pobre relato.
Sea la primera muestra una oracioncita á San Pedro, que D.
Juan Ruiz de Alarcón puso en boca de un fingido ciego en el acto último de su comedia La industria y la suerte^ cuya acción pasa en Sevilla.
ICn Sevi- lla, como es sabido, residió el insigne dramaturgo algunos de los primeros años del siglo XVII, y, juzgando por la traza, si la En avaro* coraxoDe*.
Sé, en efeto, Una que sana el aprieto De las internas pasionet, Y otras de curiosidad.
Tantas *¿, que yo me admiro De su virtud y bondad.
(34) El Sr.
Gestoso, eximio arqueólogo sevillano, me comunicó una curio- sa escritura encontrada por él en el Archivo de Protocolos de Sevilla, y extrac- tóla ácontinuación: A 14 de septiembre de 1495, Leonor Rodríguez, mujer de Juan Sobrino, ollero de Triana, puso «a lope su fijo, ijiego, mo<;o de bedad de doze años..., con juan de Villalobos, 9Íego..., desde oy dia fasta quatro años primeros, para que en este dicho tiempo el dicho su fijo le sirua en el dicho su oficio de rezar e le acompañe en todas las otras cosas que le dixere e mandare fazer en el dicho oficio, que al dicho mo<;o sean honestas et posibles de fazer...» El maestro había de dar al aprendiz de comer, beber, vestir, casa y lecho, ensenándole, además, á rezar y decir oraciones bien y cumplidamente (Oficio 4.°, Francisco Sigura).
(35) «—que también hay poetas que se acomodan con gitanos y les venden sus obras, como los hay para ciegos, que les fingen milagros y van á la parte de la ganancia.» (Cervantes, La Gitanilla).
Al Don Pablos de Quevedo (libro II, cap.
IX), cuando se hizo representante y poeta y abrió tienda de coplas, tciegos le sustentaban á pura oración.» (36) Libro de Buen amor, copla i.
Cantares fís algunos de los que digen ciegos Et para escolares que andan nocherniegos.
- 83 - tal oración no fuere del sayalero Miguel Cid, «poeta santo, digo famoso», que ponía espanto al coro de las Musas, al decir de Cervantes (37), á lo menos, el escritor mejicano supo imitar muy bien su disparatada manera.
Dice la oración: Pedro, pescador sagrado, De Jesús la luz os guia; Que el hábito habéis tomado En su santa compañia, Y aun vais oliendo á pescado.
Pedro, á mi me maravilla Ver que limpio no salgáis; Mas lleváis limpia y sencilla Alma á Dios, y no buscáis Para el vestido escobilla.
¿Vos sois el fuerte vasallo Que á Dios seguir imagina.
Mas no queráis afrentallo: Id, Pedro, para gallina; Que os hace llorar un gallo.
Decid: ¿no os bastó negar Al Señor más verdadero.
Sin jurar y blasfemar.
Elias fué carretero, Y Jio le vimos jurar (38).
Y sea la muestra segunda aquella otra oración que Cervan- (37) Cervantes, Viaje del Parnaso, cap.
Este que sigue es un poeta santo, Digo, famoso: Miguel Cid se llama, Que al coro de las Musas pone espanto.
(38) Para que el lector pueda por si comparar estas coplas de ciego con las de Miguel Cid, lea las siguientes, inéditas, que escribió al Santisimo Sacra- mento, en una fiesta «que se hizo del Corpus Christi en la Feria, y pasó la procession por su puerta, que es en el Caño Quebrado, donde se teje el sayal.» Para mejor inteligencia de las tales copias se advierte que «Pantoja es un hom- bre que tiene cuidado de pesar el pan de la Feria, y el que es falto es perdido», y que Miguel Cid «tenia á San Gregorio celebrando missa á su puerta en un paso.» Y ahora vayan las coplas: De la Feria habéis salido.
Dios, y á la Feria os tornáis.
Porque las almas feriáis Que vos habéis redemido.
¿Cómo estando en feria franca, Gran mercader celestial.
Vuestro tesoro y caudal No es más de una sola blanca.
Hoy salimos de lazeria.
Alegraos, hijos de Adán, Con este divino pan Que nos traen hoy de la Feria.
-64- tes pone en boca de un ciego en su comedia de Pedro de Vr- demalas (39): Ánimas bien fortunadas Que en el Purgatorio estáis, De Dios seáis consoladas, Y en breve tiempo salgáis De esas penas derramadas; Y como un trueno Baje á vos el Ángel bueno Y os lleve á ser coronadas.
A la cual oración el protagonista, fingiéndose ciego, responde con estotra, que tampoco es maleja: Ánimas que de esta casa Partisteis al Purgatorio, Ya en sillón, ya en silla rasa, Del divino consistorio Os venga al vuestro sin tasa; Es pan donde Dios se aloja Cuando baja de lo alto; No es pan que se halla falto, Como el que pesa Pantoja.
Venís hecho, Sefior, voa En este convite fianco Todo hecho un manjar blanco De las pechugas de Dios.
Hoy bien todo se concierta Con mi favor; todo calle; Pues Dios pasa hoy por mi calle Y tengo el Papa á la puerta.
Arroyo que habéis manado De allá de la eterna fuente, ¿Cómo hoy vuestra corriente Pasa por Caño Quebrado.
Un caño nos quebró Adán Por do la gracia corrió; Mas Dios el caño soldó Con un bocado de pan.
Corre el arroyo sagrado Hoy por el caño del suelo Y hoy toda la corte y cielo Está en el Caño Quebrado.
Y te estuviera más bien, Real profeta David, La de la puerta de Cid Que no el agua de Bethlén.
Hoy quiere Cristo pasar Por do se texe el sayíü.
Por ser la tela real Que se vistió al encarnar.
Nuestro sayal rauy de veras Os lo daremos, Señor, Porque vos sois proveedor Mayor que el de las galeras.
(Folio 354 del precioso códice que Gallardo describe bajo el n." 1.048 de su Ensayo..., y que hoy para en la biblioteca del Sr.
(39) Jornada II.
85 Y en un vuelo El Ángel os lleve al Cielo, Para ver lo que allá pasa.
Junto á los ciegos rezadores, y también como cofrades de la amplísima hermandad bribiática, pueden y deben figurar los que, más ó menos á las claras y, por lo común, vestidos de verde, pedían «limosna para el culto de este santo templo», como aquel que lo decía á voces á la puerta de una iglesia, y llevaba, al par que la bacinica ó platillo en la mano derecha, la izquierda puesta sobre el estómago.
Andaban por las calles con sendas demandas infinidad de holgazanes, los más de ellos sin licencia ninguna, pidiendo, cuál para San Zoilo, abogado contra los males de ríñones, cuál para San Roque, abogado de la peste (como solían decir), y cuáles y cuáles otros para media corte celestial.
Alguno de ellos, como el que sale en el entremés de La Guarda cuidadosa, llevaba tan mal aprendido todo lo que no fuera comerse y beberse la limosna, que pedía «para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía», y no para el aceite de su lámpara.
Entre todos los tales demanderos ó demandadores, había uno que percibía salario de la ciudad, «por remembrar de noche el rezar por las ánimas de Purgato- rio».
Este tal, que en 1583 era Hernán López (40), y en 1597 Alonso García, cobraba 3.000 maravedís cada año; pero en noviembre del últimamente citado se le aumentó hasta doce reales al mes (41); tenía obligación de repartirse por todo el lugar desde el Ángelus hasta dos horas después, rezando á voces por las benditas ánimas, tocando entre cada dos parter- nostres una campanilla y recibiendo la limosna que tenían á bien darle (42).
Claro es que de estos animeros, entre los (40) En 8 de marzo de 1583 pide N.
Morales el salario que se le daba á Hernán López «por remembrar de noche el rezar por las ánimas de purgatorio» (Actas capitulares de Sevilla).
(41) Archivo Municipal de Sevilla, Libros de propios, 12 de febrero de 1597» y acta del cabildo de 9 de noviembre del mismo año (escribania i.*).
(42) He aqui dos noticias posteriores al siglo XVI: en 1609 el encomen- dar las ánimas de noche estaba á cargo del hermano Pedro de la Cruz (Libros de propios, 28 de febrero del dicho año).
El toque de las ánimas comenzó, á 86 cuales hubo de hallar Cervantes el original de aquel soldadote Buytrago, á quien llamaría así por ser hombre para tragarse un buey (43), podía bien decirse lo que, años después, Queve- do hizo decir á la Perala, desde Sevilla, en carta á su bravo Lampuga (44): Para las ánimas pide Zaramagullón el largo: Muy animado le veo De meriendas y de sayo.
No han de quedárseme en el tintero aquellos ermitaflos viciosos que se retiraban al yermo para mejor holgarse, ya acompañados de la prójima que allá se llevaban, ó ya tomando por ermitaña á la primera que les deparase su buena ó mala es- trella.
Largo abolorio tenían en nuestra nación tales santeros, picaros de tomo y lomo, que hacen recordar á aquel Garci Ferrandes de Gerena, poeta del tiempo de D.
Juan I y don Enrique III, casado con una mora, retraído luego con ella en una ermita junto á Gerena, pueblecito cercano á Sevilla, ido después á Málaga y de allí á Granada, en donde renegó de la Fe de Cristo y se enredó con una hermana de su mujer, vol- viendo alcabo á Castilla arrepentido de sus culpas y como si jamás hubiera roto un plato (45).
Que ¿cómo un redomado tuno se prestaba á alejarse de sus compañas de siempre.
Sobre que en el apartado paraje de su ermita acaso acaso ser- vía mejor que en otro lugar cualquiera á sus intereses y los de sus compinches los lagartos ó ladrones del campo, ni gloria faltaba en la soledad á un jubilado de aquéllos, con sus galli- nitas negras para hacer el caldo blanco (46), y su Magdalena, solicitud de D.
Mateo Vázquez de Leca, canónigo y arcediano de Carmona, el Domingo de Ramos 28 de marzo de 1627 (Matute, Noticias relativas á la historia de Sevilla, pág.
107).
(43) El Gallardo Español, jornada I.
(44) El Parnaso Español, Musa V, jácara III.
(45) Cancionero de Baena, n.°' 555-566 y nota correspondiente.
(46) «¿Tiene, por ventura, gallinas el tal ermitaño.
preguntó Sancho.
Pocos ermitaños están sin ellas, respondió D.
Quijote, porque no son los que ahora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto...; pero no por esto 87 - frescota y risueña siempre; que no llorosa como la que llegó arrepentida á los pies de Cristo.
Véase en el siguiente soneto á uno de aquellos ermitaños nada penitentes.
Cervantes pin- xit (47): X UN ERMITAÑO Maestro era de esgrima Campuzano, De espada y daga diestro á maravilla; Rebanaba narices en Castilla Y siempre le quedaba el brazo sano.
Quiso pasarse á Indias un verano, y riñó con Montalvo el de Sevilla: Cojo quedó de un pie de la rencilla, Tuerto de un ojo, manco de una mano.
Vínose á recoger á aquesta ermita.
Con su palo en la mano, y su rosario, Y su ballesta de matar pardales.
Y, con su Madalena, que le quita Mil canas, está hecho un San Hilario.
¡Ved cómo nacen bienes de los males.
Y si ya no entre esta casta de ermitaños Cespedosas (48), cerca de ellos, por lo tocante á la hipocresía y al amor á la holganza, ha de ponerse á los falsos romeros que con las con- chas yrosario, calabaza y esclavina, cruzaban la nación catan- do vinos, fhaciendo muchos tuertos, recuestando muchas viu- dejan de ser todos buenos; á lo menos, yo por buenos los juzgo; y cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador» (El Ingenioso Hidalgo, parte II, cap.
XXIV).
(47) Fué hallado este soneto en el Ms.
de Arrieta en donde asimismo estaban el dedicado á la entrada del Duque de Medina en Cádiz cuando eva- cuaron esta plaza los ingleses, y el referente d un valentón metido á pordio- sero.
Los tres son, á no dudar, de Cervantes: Mr.
Fitzmaurice-Kelly, á quien deben singular agradecimiento las letras españolas y que no es nada ancho de manga en punto á dar por bien ahijadas á Cervantes muchas de las obras que se le atribuyen, dice: En quatre ans (1605-1608) il ne produisit que trois sonnets: á un ermite, au cotnte de Saldaña, et á un rodomont devenu men- diant.
Le dernier est parfois attribué a Quevedo.
(Litte'rature Espagnole, traducción de Henri-D.
Davray, París, 1904, pág.
242.) (48) Quevedo, El Parnaso Español, Musa V, jácara II: Cespedosa es ermitaño Una legua de Alcalá; Buen diciplinante ha sido; Buen penitente será, das, deshaciendo algunas doncellas» (49) y poniendo á buen recaudo lo que sus dueños no habían acertado á poner (50).
Otra de las cien variedades de que se componía la pi- caresca constituíanla los vendedores callejeros de cosillas de poca monta.
Daba grima, como la da hoy, el ver á un hastia- lote gastando un día y otro en pasear las calles para pregonar á grito pelado una friolera, una bicoca, una miserable chuche- ría de muchachuelos, que hacer un real sencillo de ella era cosa de tres bemoles, y de tres horas por bemol.
Muy acerta- damente acordó el cabildo de la Ciudad en 1 594 que se hi- ciera ordenanza en razón á ser muchos los hombres «que an- dan ocupados vendiendo mantenimientos por las calles, y que esto lo podrían hazer mujeres, y ellos ocuparse en cosas que fuesen más del servicio de Dios Nuestro Señor y bien desta república» (51).
Si no picaras, talmente picaras, había muchas personas, y clases sociales enteras, apicaradas; quiero decir: con algo y aun algos en sus modales y en su proceder, que denotaba sim- patía yaproximación á la picaresca.
Tales, por ejemplo, los estudiantes sopistas ó brodistas, paupérrimos, pero alegres, eso sí, sobre todo, al apurar su ración de frangollo; los mo- zos de muías, que tenían, al decir del licenciado Vidriera, «su punta de rufianes, su punta de cacos y su es no es de truha* (49^ Atribuyo ¿por qaé nó.
á los peregrinos fingidos los mismos milagros que tenia á su cargo el ventero Juan Palomeque el Zurdo (Don Quijote, parte I, cap.
III).
(50) Por una pragmática de 13 de junio de 1590 se prohibió á los natu- rales de España usar el traje de romeros y peregrinos para ir en romería.
No obstante esto, y como pasaba con todas las pragmáticas, no se obedeció, ó se obedeció menos que á medias, lo mandado.
(51) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 5 de abril de 1 594.— Para acordar lo dicho en el texto se tuvo en cuenta que no habían de quitarse los hombres que llevaban en bestias los mantenimientos que vendían.
Tampoco esto se obedeció, á juzgar por un acuerdo del cabildo de jurados, de 19 de ene- ro de 1602: «Acordóse de conformidad que los señores mayordomos.
ordenen vn capitulo para la ciudad haciéndole saber como abiéndose mandado que por las calles ni en comedias se pudiesen vender por hombres cosas de comer ni agua...», esto no se cumplía, y era menester reiterar más severamente la pro- hibición.
- 89 - nes»; y á los cómicos ó recitantes y á los poetas remendones que éstos solían llevar consigo, ¿qué sacramento les faltaba para tenerles en posesión de casi picaros ó hacia picaros, á dos dedos, y no más, de la picardía neta y perfeta.
Y ni á esos dos dedos, sino enteramente dentro de ella estaban aquellos otros á quienes el mismo Cervantes se refirió en las siguientes frases del sabrosísimo Coloquio de Cipión y Berganza: <Esto del ganar de comer holgando tiene muchos aficionados y go- losos: por esto hay tantos titereros en España, tantos que muestran retablos, tantos que venden alfileres y coplas, que todo su caudal, aunque le vendiesen todo, no llega á poderse sustentar un día; y, con esto, los unos y los otros no salen de los bodegones y tabernas en todo el año, por do me doy á entender que de otra parte que de la de sus oficios sale la corriente de sus borracheras.
> Olvidóseme tratar en su sitio de los palanquines ó gana- panes, calcatrifes en la parla de germanía; mas á fe que no es muy de sentir la omisión, que subsano ahora diciendo que no eran sino unos mozos de la esportilla, más granados y talludos que éstos, y, por tanto, picaros corrientes y molientes á todo ruedo, como buenas piedras de atahona.
Por el otro camino que poco indiqué, por el de la pi- caresca trabajadora, desde el bachillerato en malas artes que se conferían á propios los muchachos de la esportilla luego que estaban duchos en los estudios elementales de los pica- ros, pasábase á los germanescos, asi teóricos como prácticos, bien asentando la matrícula en la ancha facultad ladronesca y en cualquiera de sus secciones ó subespecies de nmrcios, bir- ladores y floreros (robadores, hurtadores y fulleros), ó bien, si el medio hombre iba para valiente, aplicándose á la facultad rufianesca.
Pero antes de tratar con algún espacio de estas otras variedades de la picardía, no holgará decir que hasta cierto punto, y hasta un tantico más allá de él, todas las suer- tes de picaros de que atrás hice referencia solían ser, como dije de los ermitaños falsos, auxiliares de los ladrones, con 7 - 90 - quienes vivían en fraternal concomitancia.
Así, entre aquellos picaros á quienes ligeramente llamé ociosos, buscaban y tenían los muraos sus abispones y ondeadores, que atisbaban en dón- de se podría trabajar, y por dónde se hallaría más fácil y se- gura entrada; ?,\xs polinches, que los abonaban ó fiaban como hombres de bien, para que entrasen por criados en buenas casas; sus polidores, que vendían lo hurtado ó robado, y sus arrendadores, que lo compraban á ínfimo precio.
Á lo ladronesco se daba principio de bailico ó chirle- rin (52), dedicándose, bien á hormiguear, ó bien al fácil ejer- cicio de la cicatería ó cicaraza feria, ó del bajamano: mas, ya tomada la tierra y visto á qué se prestaban mejor las faculta- des del novicio, este se dedicaba á una especialidad de las muchas de que se componía la profesión.
Si no era harto fino para negociar en poblado, hacíase lagarto, en cualquiera de sus clases de lobatón, gruñidor^ almiforero ó salterio; si era harto listo, trasterminaba acá y allá, haciéndose comendador de bola; si le tiraba la afición hacia la soldadesca, volvíase go- landrero; y, en fin, quedándose en la ciudad, en donde, más todavía que en el campo, salía el sol para todo el mundo, profesaba de alcatifero ó de filatero, ó en las más recoletas órdenes de los lechuzas ó ladrones nocturnos, trabajando de guzpatareros, juaneros, picadores, ó de lo que encartara, cuando usando de sus flores por aquellos tablajes del dia- blo; que el toque y la gala estaban en eso: en hacerse y ser águila en todas las mil maniobras del complicado oficio y gozar fama de doctor in utroque, yendo á cualquiera de ellos de piloto^ ó de aliviador, ó de lo que fuera menester, incluso de cazador de altanería, como volata ó ventoso.
Y en donde, como en Sevilla pasaba, nadie tenía buen gobierno sino la canalla germanesca, en sus dos grandes ramas, la rufianesca (52) Las voces de germanía que uso en el texto están tomadas del voca- bulario que publicó Juan Hidalgo, todo ó casi todo incluido en las últimas edi- ciones del Diccionario de la Academia: por eso no hago nota especial para cada uno de taks vocablos, - 91 - y la birlesca^ todos aquellos perdidos, ayuntados en infame, pero muy singular y curiosa cofradía, respetaban sus estatu- tos, eran amadores de la justicia que se usaba entre ellos, y obedecían sin hacerse violencia ninguna á su cherinol, mayor ó padre, llevando á su aduana ó atarazana, sin descantillar ni un maravedí, el fruto de sus afanes, y trabajando en pro de la comunidad cuanto se les mandaba, para tomar de la obra hecha solamente lo que por sus reglamentos les correspon- día.
Y por lo tocante á la rufianesca, también llamada inato- nesca, porque su principal ejercicio era la valentía, entrábase en ella de lo que llamaron mandil los jaques viejos, y después decían trainel, piltro ó revuelta, es decir, criado de rufián, pa- sando luego por el estado de rufezno ó pagote, y acabando por ser jaque, y por tener y disfrutar todos los privilegios exenciones y franquezas de tal, así en la cherinola, ó junta de ladrones y rufianes, como en la manfla, ó mancebía, de cuyas huéspedas trataré de aquí á poco.
Ahora, para recapitular lo referente á aquella horda de perdidos que á todo su talante campaban en Sevilla en las úl- timas décadas de siglo XVI, no hallo cosa más llana que dar otro asalto (esto se me pegó de andar entre tan mala gente) á El Loaysa de Rodríguez Marín, de quien que no ha de llevarme á mal tales atrevimientos.
Escribe y copio (53): «An- cha fué Castilla para los héroes que la reconquistaron del poder sarraceno; pero aún más ancha era la ciudad del Guadalquivir para la caterva de hombres maleantes y perdidos, la cual te- nía sobradamente y á toda hora donde ganar la indulgencia plenaria que Lucifer otorga cada luna á los que bien practican los pecados capitales.
Obvia es la demostración.
Para la So- berbia, allí se estaban los matones, ellos mismos, echando á cada triquete bravatas y roncas, reniegos, porvidas y votos, y pregonándose por amos y señores del mundo entero.
Para la Avaricia, buenas que ni pintadas eran las tablas del juego, 1/ (53) El Loaysa de lEl Celoso exiremefio», pág.
151.
- 92 - armadijos, redes y liga, todo en una pieza, con que en el Are- nal, y en los figones, y, como quien dice, al volver de cada esquina, á favor de naipes compuestos y dados falsos, cazá- banse reales y escudos, que no chamarices ni cogujadas {54).
Para la Lujuria, además de las pobres mujeres á quien Alon- so [Álvarez de Soria] invocaba en una de sus composiciones más subidas de color, llamándolas Ninfas de las tasqueras Del Compás, Resolana y San Bernardo (55), que eran canalla de la canalla y hez de la hez, hambrientas siempre, bien vestidas nunca, laceradas del alma y del cuerpo, y puestas á ganancia por sus viles lagartoSy i mano estaban para los días en que repicaban gordo las marcas godeñas, andaluzas jóvenes y hermosas, tan llenas de gracias como de vicios, que el mismo año de 1600, para cumpUr la pragmática sobre el lujo, habían de registrar, como prendas y alhajas pro- pias, quién los cuerpos de tafetán azul, negro ó leonado, con trencilla de plata, quién la saya de raja con tres franjones de oro, y quién las pomas, gargantillas y surtixas del mismo metal, ya lisas, ya con esmaltes, ó ya avaloradas con piedras preciosas (56).
De la Envidia nada se hable: que escuchar un guapo de aquéllos que veinte leguas á la redonda había otro guapo á quien por más valiente que él estimaba el vulgo no- velero, éir á desafiarlo, asentándole ó trayéndose para acá dos chirlos, era todo uno.
Ni se diga nada de la Pereza de quienes, estando siempre ó dentro de la cárcel ó á sus puer- (54) «En las efemérides sevillanas de aquella época sale á cada paso la noticia de homicidios originados por el juego: «En miércoles 6 de mar(;o »de 96.
, mataron a otro hombre junto al Rio.
dezian que hera jugador de »bentaja».,.— «En martes 19 de mar90 de 96 mataron a un hombre por el jue- »go, frontero de la puerta del estudio de sant miguel.* (55) «Biblioteca Nacional, Ms.
3.890, f."» 131-133.» (36) Rodríguez Marín pone aquí por nota el extracto de una curiosa acta encontrada por él en el Archivo de protocolos de Sevilla, y comprensiva de los nombres de las rameras.
¡Con ellas figuran dos criados de la justicia.
¡Buena había de andar señora que tenia Un decentes criados.
-93 - tas, entre sobresaltos, riñas y muertes, pasaban tantos y tart rudos trabajos por no trabajar en cualquier honesto oficio.
Por lo que toca á la Ira, tan furiosa gente eran los bravos de Sevilla á fines del siglo XVI, que á mosca que encima se les parase ó á diez palmos les zumbara, respondían, bien con la daga de ganchos, que llevaba media Vizcaya en ellos, bien con los temibles pistoletes, ó ya con la de Juanes (57), si es que había hombre para hombre; porque, á turbio correr, si el hombre entraba en la trena é iba el hombre á apalear sardinas, quedando á deber algo, cosas eran de hombres, y en hombre nuevo no hay trampa vieja; y, al cabo, más largo es el tiempo que la fortuna, y el hombre volvería de las gurapas, que en hombres todo cabe, y aún habría hombre para rato.
¡y no más!: que tan hombres y tan retehombres como todo esto eran los jaques de Sevilla, y con este desdeñoso y no más solían echar la llave al párrafo, así en sus coloquios como en sus cartas (58).
Para la Gi^la, cuajada estaba la ciudad de templos en donde los picaros tributaban culto á Baco y á Ceres, sin los cuales Venus friget, al decir del africano Terencio, que era sujeto que lo entendía.» Como el Jiamenquismo hay veinte años y el torerismo entonces y ahora, la picaresca, en los remotos tiempos á que se refiere mi estudio contagió á toda Andalucía, en términos, que todo se apicaró.
En Sevilla, especialmente, era picaro, ó apicarado cuando menos, hasta el aire que se respiraba.
En 161 2 un Gaspar Serrato, vecino de Sanlúcar de Barrameda, remataba su libro acerca de los milagros de la Virgen de la Caridad, volviendo á lo divino, nada menos que á la pasión de Cristo^ el popularísimo romance jácaro: Ya eslá metido en la trena El valiente Escarramán.
(59); (57) Con la espada.
Hubo muchos Juanes espaderos toledanos, y aun uno sevillano.
Véase la larga nota de Rodríguez Marín.
(58) Hay otra nota del mismo autor, explicatoria de este bordoncillo.
(59) Véase Gallardo, Ensayo de tina Biblioteca...^ t.
IV, columna 585.
-94 - cuatro años después Fr.
Bartolomé de Cárdenas acudía á cier- ta justa poética religiosa con un esiramhótico soneto escarra- mando, en que se figura que aquel rufián es defensor de la pía creencia en la Purísima Concepción de la Virgen María y está dispuesto á hacer pepitoria del primer tomista que salga á la palestra (6o); el Dr.
Juan de Salinas, alguna vez más regoci- jado de lo que por su hábito conviniera, exclamaba: Bien haya una gaitarrilla Y seis versos de un romance Á lo picaro cantado»; Que para mi no hay más Flandes (6i); y nada menos que en la solemnísima procesión del Corpus Christi había sacado la ciudad de Sevilla en 1593 el endemo- niado ylascivísimo baile de la zarabanda.
No habían, pues, engañado al docto historiador Mariana, cuando escribió en el capítulo XII de su Tratado contra los juegos públicos: t Sabe- mos por cierto haberse danzado este baile en una de las más ilustres ciudades de España, en la misma procesión y fiesta del Santísimo Sacramento del Cuerpo de Cristo nuestro Se- ñor, dando á su Majestad humo á narices con lo que piensan honralle.» Pero ¿qué mayor señal de que lo picaresco había inficionado á toda Sevilla que lo que.
dice á continuación Ma- riana.
tPoco es esto: después sabemos que en la mesma ciu- dad, en diversos monasterios de monjas y en la mesma festi- vidad, sehizo no sólo este son y baile, sino los meneos tan torpes, que fué menester se cubriesen los ojos las personas honestas que allí estaban» (62).
(60) Luque Fajardo, Relación de las fieitas que la cofradía de sacerdó' tes de San Pedro ad Vincula celebró en su parroquial Iglesia de Sevilla d la Purissima Concepción de la Virgen Marin nuestra Señora.
Sevilla, Ro- dríguez Gamarra, 1616.
Puede verse el soneto aludido en Gallardo, Ensa- yo..., t.IV, col.
1.356.
Donde dice de orcha d archa debe leerse de ortha d orcha (por oreja), (61) Poesías de.
., publicadas por la Sociedad de Bibliófílos Andaluces, t.
38.
(62) Rodríguez Marin (El Loaysa.
, pág, 260), después de copiar este pasaje de Mariana, escribió: tTengo para que hubo de ser Sevilla la ciudad 9o - Si al contagio de lo picaresco no obstaron votos solem- nes, ni probada religiosidad, ni penitencias y cilicios, ni aun las recias puertas de la clausura, ¿cómo había de librarse de su pernicioso influjo la lozana, alegre y suelta mocedad, natu- ralmente más propensa al vicio que á la virtud.
Así, y dejando aparte á aquella £-é'?ííe de barrio que tan al vivo pintó Cervan- tes en el borrador de El Celoso extremeño (63), gente atildada y pulcra tanto como baldía, holgazana y murmuradora, com- puesta delo que en tal ó cual collación de Sevilla llamaban mantones^ socarrones y virotes^ dejándola aparte, digo, pues, por lo que averiguado tengo, mejor que á apicararse y echar por el camino de la valentía tiraba á cosa menos varonil y más conforme con la prolija y algaliada bonitura de que hacía gala y ostentación (64), diré algo de la nobleza apicarada de aquel entonces; que ¡ésta que iba, tras los mismos diablos, adonde fuera menester hombrearse con la flor y nata de los matantes, sin dársele un caracol de comprometer el lustre de sus apelli- dos en la mala compañía de la canalla rufianesca.
Ya advirtió el Sr.
Menéndez y Pelayo, en la segunda de en que tales cosas acaecieron», y lo mismo se inclinó á creer después D.
Simón de la Rosa, muy erudito autor de la concienzuda é interesante investigación histórica intitulada Los Seises de la Catedral de Sevilla (Sevilla, Díaz, 1904), pág.
172.
De lo del tal baile en los monasterios no he averiguado cosa alguna; pero si lo que basta y sobra para afirmar que fué Sevilla la ciudad en cuya fiesta del Corpus se bailó la zarabanda.
He aquí, extractados del libro de pro- pios en que están los asientos del año 1593, los tres referentes á este asunto.
En I." de junio: 11.220 maravedís «que se libraron a andres gon9alez, (japatero, por la mitad de los sesenta ducados en Reales en que con él se concertaron los diputados de la dicha fiesta por el sacar la danza yntitulada la zarabanda para este dicho año.» La otra mitad se había de pagar en dos veces: «hecho el ensaye la vna, y la otra, acabada la dicha fiesta.» En 14 de junio: A Andrés González, 5.610 maravedís, tercera cuarta parte de lo que había de dársele cuando se hiciera el ensaye de la zarabanda.
(La fiesta del Corpus cayó aquel año en el día 17 de junio).
En 30 de junio: Á Andrés González, 5.610 maravedís, á cumplimiento de los 60 ducados de la zarabanda, «por auer cumplido conforme á su concierto.» (63) Véase en El Loaysa de «El Celoso Extremeño*, págs.
45 y 46.
(64Í Véase el siguiente pasaje de la Sátira de Spinel contra las damas de Sevilla, escrita, á no dudar, en 1578, hallada en un ms.
de Italia por el laborioso hispanista Eugenio Melé y publicada con todos sus yerros por don -96 - sus hermosas conferencias sobre Calderón y su Uatro (65), que algunas veces se borraba la distinción moral entre el ca- ballero yel picaro, de lo cual ofrecía claro ejemplo D.
Diego Duque de Estrada, de quien es difícil determinar «si era un caballero furibundo, matón y duelista, ó una especie de Guz- mán de Alfarache, ó de Buscón don Pablos, porque, según las circunstancias, se nos presenta con uno ú otro carácter.» Y añadió, aludiendo á la centuria décimaséptima: cNo hay nada que deslinde las clases en este siglo.» Ni en el anterior.
El comendador Alonso de Bracamonte, en el primer cuarto del siglo XVI, andaba, ////j miniisve, como cien años después anduvo D.
Diego Duque de Estrada.
cYa me maravillaba decíale en carta de 8 de febrero de 1 522 D.
Antonio de Gue- vara, sudeudo (66)— cómo tardaba vuestra carta, y aun cómo no hacíades alguna travesura; porque de diez años á esta par- Adolfo Bonilla y San Maitin, en la Revista it Archivos, Bibliotecas y Museos.
Daré yo algo restituido lo que copio: ¡Oh.
CaiO horrendo, mísero y terrible (j ver la juventud del suelo vándalo Kuvuelta en sodomía incorregible; £1 melifluo mozuelo oliendo ¿ sándalo, Con blanduras del rostro y alzacuello, Moviendo al cielo á ira, al mundo á esciodalo; Engarrotado el triste y tieso cuello, Oliéndole el pescuezo oliendo á esparto fsic^.
Señal que presto acabará con ello.
No se me da del más pintado un cuarto; Que, de enfadado, tengo de decillo, Porque me tiene ya cansado y harto.
(Tengo yo de sufrir al mozalbillo, Oliendo á puto á tiro de ballesta, Aquel orden putesco de vanillo.
La lechuguilla muy mirlada, y puesta Al cogote la gorra ó caperuza; Sobre la frente la encrespada cresta; KI polvillo en el guante de gamuza, Y el compasado echar de pies y pierna, Manjar provocativo al moro Muza; Aquella afectación suave y tierna I5e blando azúcar..., con que á Petrarca Piensa que en discreción rinde y gobierna; Kl curioso gregüesco y saltambarca, La capa de bayeta oliendo á algalia.
El almizque y pastillas en el arca; Todo el negocio va por lo de Italia: ¡Volved, oh juventud bárbara y ciega, A aquél antiguo ser de la Vandalia.
(65) Biblioteca de Escritores Castellanos, t.
XXI, pág.
66.